Estoy leyendo bibliografía para mi libro sobre las memorias escritas por hijos acerca de sus padres, que ahora está empezando a pasar su primera fase preliminar, aún sin título, contrato ni fecha de entrega. Mi objetivo actual es comprobar si mis intuiciones pueden transformarse en una hipótesis de trabajo sólida y una tesis razonable. Creo que los hombres de la anglosfera nacidos a partir de los años 30 han ido articulando gradualmente una protesta general contra el modelo de paternidad tradicional que aún sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial pero que se derrumbó entre finales de los años 60 y los 70. Los hombres más jóvenes han emulado esa postura antipatriarcal, consolidando dos generaciones después un modelo de paternidad caracterizado por la disponibilidad emocional del padre y su capacidad de ofrecer cuidados, y no solo de proveer.
No digo que este modelo de buena paternidad no existiera antes, pero sí que no era el prevalente. En tiempos pasados, se esperaba que los padres fueran proveedores (el principal e incluso único sostén económico) y protectores, pero también que disciplinaban a esposa e hijos en lugar de ser los compañeros en igualdad (de la madre) y educadores amistosos (de los hijos) que deben ser hoy. Mi tesis es que, más allá de lo que sociólogos y psicólogos han recopilado en sus investigaciones, la literatura ha estado proporcionando un conjunto muy rico de evidencias sobre esta transición colectiva hacia una paternidad mucho más flexible, principalmente a través de las memorias escritas por hijos sobre sus padres (en inglés, en castellano son muchas menos, casi todas sudamericanas). Sin embargo, me preocupa que los buenos padres estén muy infrarrepresentados, ya que las memorias que analizo están motivadas principalmente por la necesidad del hijo de exhibir su masculinidad bien ajustada a pesar de la ausencia del padre o de los conflictos con él.
En el tipo de investigación que hago, que forma parte de los Estudios Críticos de los Hombres y las Masculinidades, la investigación sociológica es una base necesaria. Hoy he estado hojeando varios títulos clave y he echado un buen vistazo a Fatherhood: A Sociological Perspective (1968) de Leonard Benson, volumen publicado por Random House ya que, según infiero, estaba pensado para ser de interés general. Por lo que entiendo, se trata de un volumen pionero, que allanó el camino a los muchos libros de los años 70 que abordaron la cuestión del papel del padre en hogares remodelados por el feminismo, el divorcio y un nuevo sentido del individualismo que hizo que la paternidad fuera mucho menos ineludible para los hombres que en décadas anteriores. Por cierto, el autor, nacido en 1925, pertenece a la generación de hombres estadounidenses que se convirtieron en maridos y padres justo después de la Segunda Guerra Mundial, el grupo de edad que obligó a las mujeres a volver al hogar y que finalmente causó el descontento que originó el feminismo de la Segunda Ola. Betty Friedan, autora de The Feminine Mystique (1962), nació en 1921, y es, por lo tanto, parte de la misma generación.
Los pasajes que he elegido son del Capítulo IV, “The Passing of the Patriarch” [La decadencia (o ¿muerte?) del patriarca] (90-110), un título que acarrea mucho peso. El formal apelativo ‘padre’ (father) se convirtió en el informal ‘papá’ (dad) en los 60, y aunque el patriarcado no está muerto, es difícil imaginar que un niño llame a su progenitor masculino ‘padre’ como se solía hacer antes (mi padre siempre trató al suyo de usted). “Ahora se espera del padre”, escribe Benson en 1968, “que ofrezca apoyo en sus relaciones con los hijos: se considera que le va bastante bien si logra ser amigo de su hijo y atento caballero con su hija. Idealmente (…) la cualidad de la ‘expresividad’ la desarrollan tanto los hombres como las madres en su capacidad como progenitores” (93).
Cuando Benson afirma que las funciones similares de madres y padres hacen que los niños varones sean “más sumisos y dependientes”, posiblemente quiere decir que la rebeldía antipaternal del hijo está menos justificada y que se está estableciendo un nuevo modelo de transmisión generacional de valores masculinos. Benson señala que “la tendencia a alejarse del patriarcado” no consiste solo en “establecer el equilibrio del poder conyugal”, sino de un cambio mucho más profundo en la “autoridad familiar” vinculado a la “disciplina social y la gestión comunitaria” (93). Observa que, a medida que a mujeres y niños “se les permite más oportunidad de expresarse”, el poder también se redistribuye “entre clases e instituciones sociales” (94). En este contexto, el padre sufre porque lo que podría darle autoridad en el hogar, “su competencia profesional”, no es algo directamente visto por su familia. El punto de vista aquí es directamente de clase media, aunque como hija de un hombre de clase trabajadora, siempre fui muy consciente de que lo que fuera que mi padre hacía fuera de casa era la base de la vida familiar.
Benson continúa su análisis explicando que los niños no “aprecian la presión que les ejercen los padres exigentes—a menos que esté moderada por una relación sostenida y cálida” (95). Este es el gran dilema al que se enfrentó el nuevo padre de los años 60: según Benson, “las mismas cosas por las que el padre es apreciado por sus hijos tienden a socavar su autoridad”, aunque al mismo tiempo “la persistencia del patriarcado dentro de la familia” ya se consideraba entonces “sintomática de patologías de la crianza” (95), especialmente en el caso de los hijos varones. La disciplina excesiva se asoció entonces “con la falta de intimidad y confianza entre padre e hijo” (96), valores que por primera vez prevalecieron sobre la autoridad patriarcal. El padre autocrático era visto como un peligro porque “no era probable que promoviera altas aspiraciones educativas en su hijo” (no se dice nada sobre las hijas), lo que dificultaba el progreso social nacional.
El argumento sobre cómo la Revolución Industrial y el posterior capitalismo burgués del siglo XIX separaron a los padres del hogar y los convirtieron en extraños para sus hijos sigue siendo invocado por Benson en el contexto de los años 60 del s. XX. Benson cita a investigadores anteriores activos tras la Segunda Guerra Mundial ya que, como bien sabemos, el impacto de la ausencia del padre durante esa guerra fue un elemento clave en la renovación de la familia. Muchos niños, algunos muy jóvenes, rechazaron a finales de los años 40 y en los 50 la autoridad de padres veteranos de guerra que apenas conocían, lo que sentaría las bases para la nueva figura del teenager. Aunque Benson no menciona a las mujeres empleadas fuera de casa, ya fueran de clase obrera o las nuevas feministas de clase media, comenta que “Los hijos e hijas cada vez pueden, y deben, tomar decisiones por sí mismos sin referencia a consideraciones familiares” (97), buscando otros modelos en profesores y, añadiría, en figuras públicas, desde políticos hasta artistas. Los padres que no podían ofrecer las cualidades atractivas que ofrecían esas otras figuras, se veían descartados por sus hijos varones como modelos a seguir.
Esto provocó una crisis en muchos niveles que, según creo, aún no se ha resuelto, seis décadas después. “A los hombres”, continúa Benson, “ahora se les pide que aporten paciencia, comprensión y gentileza a sus tratos personales (cualidades antes reservadas a las mujeres), pero deben seguir siendo fuertes en su relación con las mujeres” (106) porque, añadiré, ni siquiera la mujer más feminista idealiza a los hombres débiles; las mujeres han procurado ser tan fuertes como los hombres, pero no se tolera que los hombres sean más débiles, no sé si me explico. Benson señala que, dado que se espera que un hombre “sea un roble robusto—grande, fuerte y reconfortante, más autocontrolado que su esposa y más capaz de afrontar presiones psicológicas” (106), hay menor tolerancia, por ejemplo, para los síntomas de enfermedad mental en los hombres. En cuanto a la relación con los hijos, añadiré que ahora se le pide al padre que proporcione un modelo que combine fuerza con vulnerabilidad de un modo equilibrado, logro harto complejo, aunque se podría argumentar que las mujeres han combinado ambas con total coherencia durante décadas, sino siglos.
En el último capítulo, “Fatherhood and the Emerging Family” (“La paternidad y la familia emergente”), Benson consideró un tema que inicialmente me desconcertó: la “relación inversa” (319) entre la función de sostén del padre como breadwinner y el estado del bienestar. Me desconcertó porque, como europea, no veo contradicción entre la red de seguridad que proporciona el Estado a través de la seguridad social, financiada principalmente con impuestos sobre el trabajo, y la función como proveedores de ambos progenitores (no solo del padre). Sin embargo, como estadounidense, Benson expresa el temor de que, si la familia media estadounidense se vuelve demasiado dependiente del sistema de bienestar social, los padres podrían dejar de sentirse comprometidos como proveedores (argumento que utiliza para explicar por qué los padres negros tienen más probabilidades de abandonar a sus familias, muchas de ellas dependientes del Estado).
Si un hombre, en resumen, no se enorgullece de ser el sostén económico principal de su familia, puede sentirse redundante y convertirse en un padre ausente. Por eso Benson insiste en que se debe desconectar a los padres de su función como proveedores, aunque no aclara a qué se refiere cuando argumenta que “seguramente se establecerán otras pruebas de hombría, y los hombres seguirán sirviendo de modelo para los niños varones” (323). De hecho, creo que la raíz del problema aún hoy es que, como escribe Benson, “el énfasis en la obligación de proveer ha sido desplazado, pero no así el papel de proveedor; de este modo, el padre está psicológicamente ligado a un papel cuya validez ética ya no es tan fuerte como antes” (319).
Los padres que, por ejemplo, abandonan por completo el papel de proveedores de sustento con su trabajo para convertirse en principales proveedores de cuidado en el hogar no gozan de un alto estatus, ni se les ve como modelos a seguir para sus hijos varones. Hoy en día, los padres deben ser tanto proveedores como cuidadores, como lo son las madres, pero aún necesitamos ver cómo responderá la generación más joven de niños varones a ese modelo masculino, ya que el padre como co-proveedor y co-cuidador cariñoso sigue siendo una relativa novedad, generalizada entre la generación millennial actual (30-45 años). Puede que estemos viendo el fin total de la desigualdad entre padres y madres, gracias al impacto directo o indirecto del feminismo y otros factores, aunque quizás debamos prepararnos para la posible reivindicación del patriarca perdido entre los jóvenes varones de ultraderecha.
Benson cierra su volumen concluyendo que el padre es “idealmente, un miembro bien integrado en la familia y, como tal, un agente de estabilidad familiar y social, pero también es una fuente de valor, de productividad, para la sociedad”, subrayando así que la identidad masculina está necesariamente ligada al trabajo (pero ignorando las aspiraciones de las mujeres en ese sentido). “Como tal”, advierte, el padre “necesita todo el apoyo que su familia y la comunidad en general pueden ofrecer” (324). Benson parece indicar de modo soterrado que hay un precio a pagar por el abandono de la paternidad patriarcal por parte de los hombres en favor de un modelo más flexible, ligado al “apoyo” de la esposa y los hijos, como si ellos mismos fueran autosuficientes. Me pregunto cuántos divorcios han sido causados por la negativa de las mujeres a ofrecer aún más apoyo a hombres que lo han exigido como premio por convertirse en co-cuidadores. Quizá una cuestión clave sea que, mientras el feminismo ofrece a las mujeres un apoyo externo en forma de hermandad de mujeres fuertes con ideas afines, los hombres nunca expresaron su propia necesidad de apoyo mutuo en una acción colectiva progresista, posiblemente por su individualismo.
Volviendo a mi objeto de estudio, las memorias de los hijo sobre sus padres, pienso que son un valioso testimonio de cómo los hombres al fin entendieron la naturaleza relacional de su posición, aunque siguen sin lograr articular un discurso común. Puede que esté viendo, en suma, un patrón que ellos no ven porque, como mujer feminista, siempre he sido consciente de que las vidas cambian de manera interpersonal y relacional, más que en función de la experiencia individual. Las madres tienen mucho que compartir entre sí, pero ¿cómo comparten los hombres su experiencia de la paternidad (o de la filiación) entre ellos, hoy, en 2026? Mi suposición es que las memorias que estoy estudiando son clave en este proceso (junto con los libros de autoayuda), si bien distan mucho de ser suficientes.
En resumen, espero haber demostrado que la paternidad se alejó significativamente del modelo patriarcal tradicional a finales de los años 60 y que sociólogos como Benson estaban muy atentos a este proceso, preocupados por si con la pérdida de su papel como proveedores principales los hombres perderían su identidad. Ellos vieron en la paternidad de nuevo estilo una compensación por esa pérdida, pero también una pérdida de prestigio (no necesariamente de autoridad) que requería algún tipo de apoyo. Pedir aún más apoyo cuando las mujeres ya combinaban tantos roles diferentes dentro y fuera del hogar no era la actitud más sensata posible y, en muchos sentidos, creo que seguimos atascados en este punto. ¿No es así?