Así que aquí estamos, en lo que los historiadores podrían considerar, retrospectivamente, como el inicio de la Tercera Guerra Mundial. Todas las guerras son estúpidas, pero esta ha empezado por una estupidez tan desenfrenada que cuesta creerlo. Ni los gobiernos que chocaron en la Primera Guerra Mundial, ni Hitler, que provocó la Segunda Guerra Mundial, fueron tan flagrantemente estúpidos (y lo fueron a espuertas). Al mismo tiempo, los idiotas que han desatado la actual ola de ataques internacionales son todos hombres patriarcales que se creen inteligentes y astutos. Son sin duda listos en el sentido de que con esta Tercera Guerra Mundial están haciendo el agosto para su propio beneficio personal y además encubren sus deficiencias morales y legales, pero son profundamente estúpidos porque no entienden las consecuencias de los ataques y no tienen ninguna capacidad política ni militar para planificar la postguerra.
La guerra que estamos viendo por el momento (excluyendo Ucrania) es una guerra librada desde el aire, que consiste en destruir propiedades y personas mediante el uso de misiles autopropulsados de largo y medio alcance, y otros explosivos transportados por drones. Los civiles están muriendo; en uno de los primeros ataques, el ejército estadounidense mató a unas 150 escolares iraníes. Hasta ahora, no hemos visto tropas sobre el terreno, y parece claro que su está condenado al fracaso. Quizá Israel pueda lograr invadir el sur del Líbano de nuevo, como ha invadido Palestina, pero es totalmente descartable que ellos y Estados Unidos puedan invadir Irán, teniendo en cuenta los fracasos totales de Vietnam y Afganistán, y el terrible desastre en Irak. La UE ha dejado claro que no participaremos en esta guerra (¡gracias, Pedro Sánchez!), China está muy molesta y Rusia sigue acosando a Ucrania, así que esperemos que esto no sea realmente la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, debido a la crisis energética que el conflicto ya está desencadenando, el daño medioambiental y la preocupación de que la cadena alimentaria pueda detenerse si el estrecho de Ormuz se cierra a todo comercio, la cosa simplemente no pinta bien. Mientras tanto, a la gente solo le importa el turismo. Acabo de leer que España ha duplicado sus reservas para Semana Santa, al ser considerada un destino seguro a diferencia de todo Oriente Medio. Somos realmente una especie idiota.
Hoy me ha venido a la cabeza una gran canción, simplemente llamada «War», del cantante de soul negro Edwin Starr, que alcanzó lo más alto de las listas de Estados Unidos en el verano de 1970, cuando la guerra de Vietnam estaba en pleno apogeo. Conozco la canción gracias a la versión en directo que hizo Bruce Springsteen, grabada en su LP Live/1975–85, que cantaba para protestar contra la política exterior de la era Reagan, con todas sus estúpidas desventuras. La letra de la canción de Starr es lo más directa posible, citar una parte. Aparte de subrayar que la guerra es inútil (“War, huh, yeah / What is it good for? / Absolutely nothing, uhh”), Starr canta “War, I despise / ‘Cause it means destruction of innocent lives / War means tears to thousands of mother’s eyes / When their sons go off to fight / And lose their lives.” Y añade “(War) Friend only to The Undertaker / Oh, war it’s an enemy to all mankind / The thought of war blows my mind,” subrayando “Oh, war, has shattered many a young man’s dreams / Made him disabled, bitter and mean / Life is much too short and precious / To spend fighting wars each day / War can’t give life / It can only take it away, oh.”
La letra de Starr se centran en el soldado combatiente (y su madre), mientras que la realidad es que los civiles de todo tipo siempre han soportado el peso de la guerra, siendo sitiados y atacados con todo tipo de armas (desde garrotes hasta bombas atómicas), asesinados, mutilados y objeto de abusos en todas las guerras. No creo que necesite explicar que las guerras son una expresión del desprecio patriarcal por la vida, incluso de su necrofilia. Algunas mujeres patriarcales también han mostrado interés por la guerra, incluso aceptando con gusto el sacrificio de su progenie (principalmente los hijos varones) a la necrofilia patriarcal (también conocida como ‘gloria’), pero si la letra de la canción de Starr se refiere específicamente a las madres es porque si dependiera de ellas, las guerras cesarían inmediatamente. Las mujeres entienden la vida mucho mejor que los hombres (patriarcales), por razones biológicas evidentes. No pasas por los dolores del parto ni el esfuerzo de criar a un hijo para que sea usado como simple carne de cañón por gobernantes idiotas.
La censura militar se asegura de que la guerra se tergiverse a medida que ocurre, de modo que, por ejemplo, a lo largo de los años de la guerra en Ucrania hemos visto muy pocas imágenes del daño causado a las personas. Hemos visto innumerables imágenes de ciudades devastadas por la guerra (permitidme recomendar el documental 20 días en Mairupol) y se nos han dado meras cifras diarias de bajas (la afirmación ucraniana de que 1288850 tropas rusas han sido ‘liquidadas’). Los corresponsales de guerra, empezando por William Howard Russell, el reportero irlandés de The London Times en la Guerra de Crimea (1854–55); fotógrafos de guerra, desde Roger Fenton (en la misma guerra) en adelante; y reporteros cámara de cine al hombro (las imágenes perdidas de Frederic Villiers de la guerra greco-turca de 1897, las imágenes de combate de la Guerra de los Bóers (1899-1902) filmadas por John Bennett en Sudáfrica en 1899) han hecho que la crudeza de guerra llegue a quienes estaban lejos del frente. Sin embargo, insisto en que la censura militar y la autocensura mediática siempre han intervenido para evitarnos las imágenes más duras, aquellas que nos harían gritar y nos impedirían conciliar el sueño. Sin esas imágenes, la guerra está queda limpia y aseada, indistinguible de una película de acción o un videojuego.
Esta censura de la que hablo crea un retraso temporal entre la guerra real y la comprensión por parte del público general, lo que beneficia a los belicistas porque, para cuando el proceso de comprender la realidad de una guerra concreta finaliza comienza la siguiente, de la que se dice que es completamente diferente. Por cierto, he trabajado en diversos grupos de investigación relacionados con el tema de la guerra desde 1998 (actualmente soy miembro del proyecto de investigación Beyond Postmemory: English Literary Perspectives on War and Memory in the (Post)Postmodern Era (POST)Postmodern (POSTLIT), PID2023-147481NB-I00, IPs Cristina Pividori y David Owen, UAB). Y esa es una de las principales lecciones que he aprendido. Mientras ocurre la guerra, la gente está saturada de noticias y prevalece la necesidad de seguir viviendo una vida normal, de modo que se tiende a tomar los testimonios directos con cierta distancia y cautela. Una vez terminada la guerra, las novelas, memorias y películas empiezan a inundar el mercado. Para la Primera Guerra Mundial (1914-1918), por ejemplo, 1929 fue un año clave, aunque los poetas y algunos novelistas habían estado denunciando los horrores de esa guerra desde al menos 1916. No hablo de libros y películas con intención propagandística, de los que hubo muchos durante la Segunda Guerra Mundial, sino de literatura (alta o baja) con la intención sincera de ofrecer un testimonio fiable antibélico.
La única vez en mi vida que he salido de un cine fue en 1998, cuando me aturdió tanto la primera hora de Salvando al soldado Ryan de StevenSpielberg, que narra el desembarco del Día D en Normandía, que no pude concentrarme en el resto de la película. Me costó tres intentos ver la película completa en casa porque no podía pasar de esa primera hora terrorífica. Y me llevó alrededor de un año poder volver al cine con la confianza de que podía ver cualquier cosa, por horrible que fuera (bueno, dejé de ver películas de terror después de Hostel de Eli Roth, en 2005). No he sido nunca soldado, y no puedo decir si Salvando al soldado Ryan es una representación realista de la guerra, pero sí puedo decir que debemos salir de nuestra complacencia a base de imágenes duras.
La guerra consiste en causar daño grave a otras personas con intención de matar, un crimen muy grave en cualquier otra circunstancia, y es absolutamente monstruoso pensar que hombres corrientes pueden participar un conflicto y mantener su salud mental intacta. Aprendimos esa lección de la poesía de la Primera Guerra Mundial y de las películas sobre Vietnam, pero seguimos fingiendo que la guerra es una parte normal de la civilización en lugar de su antítesis. La forma de desacreditar esa mentira es mostrar abiertamente, sin censura, de qué va realmente la guerra en las noticias mientras ocurre, a través de las redes sociales y mediante documentales, memorias y, sí, ficción. La guerra no consiste en mover tropas de un punto a otro para conquistar territorio: se trata de destruir cuerpos y mentes con una violencia ilimitada con métodos absolutamente repulsivos para cualquier sociedad civilizada.
En un artículo que he leído mientras hacía una pausa en la redacción de esta entrada, titulado (traduzco) “La guerra de los videojuegos de Trump: la IA, los memes y una narrativa simplista han aplanado el conflicto en Irán”, Nesrine Malik ofrece hoy en The Guardian argumentos bastante similares a los míos, pero nombrando a ese hombre: “La guerra contra Irán, incluso mientras se extiende y desestabiliza Oriente Medio y la economía global, no es real. Así es como la está presentando la administración Trump. La guerra es un videojuego, un deporte para espectadores, un festival de mates en redes sociales. Los arquitectos de esta guerra han hecho de la estupidez una virtud, y han sido apoyados en ello por un ecosistema informativo desconcertante. El conflicto librado por Estados Unidos se siente como el primero de su tipo en la era moderna: claramente remoto y profundamente ignorante.” No podría estar más de acuerdo, pero añadiré que esta distorsión no es realmente nueva. La impresión de que la guerra no es real comenzó con la Guerra del Golfo de 1990-91, la primera narrada usando la estética de los videojuegos. El elemento humano ha sido omitido desde entonces y las pobres víctimas humanas han desaparecido. En la guerra actual, esta situación deplorable empeora aún más con la introducción de innumerables imágenes falsas generadas por IA, que ya están causando enormes pesadillas a futuros historiadores. Lo que estamos viendo es, en muchos sentidos, la gamificación de la guerra, con cobrades ataques aéreos que matan a personas presentados como explosiones emocionantes y puntos añadidos a la cuenta del jugador.
Como se puedes ver, Malik también utiliza la palabra ‘estupidez’ en el pasaje que he citado, y me gustaría destacarla, con la salvedad de que ahora también hay más estupidez que nunca en el público que recibe las noticias de la guerra a través de redes sociales como X de Elon Musk y otras. Los jóvenes ya no están dispuestos a encontrar gloria y honor en el campo de batalla (¡ja!), pero ahora más que nunca son atraídos hacia posiciones de extrema derecha con la promesa de violencia gratificante por parte de los estúpidos patriarcas en el poder. Y me refiero a todo el mundo. La estupidez, como sabemos, mata la empatía, aunque no quiero decir que solo las personas inteligentes sean empáticas. Lo que quiero decir es que hay un nivel de estupidez que resulta obsceno en su incapacidad para entender que el dolor humano debe evitarse a toda costa.
Estoy indignada por esta nueva guerra absurda en Oriente Medio, pero, sobre todo, estoy harta de tanta tontería. Me encuentro sintiendo un odio profundo, que no es un sentimiento que disfrute ni apoye. Y estoy enormemente cansada, porque a estas alturas todos sabemos cómo funciona la historia, pero aun así nos dejamos dominar por personas estúpidas con la capacidad de destruir el planeta. Sé que tarde o temprano uno de esos hombres idiotas usará una bomba nuclear, cuando ese momento de la historia humana debería haberse superado hace años. Un amigo me contó ayer un chiste que corre desde años por redes y que resume quiénes somos: el Terminator viene del futuro y explica que, debido a la creciente estupidez humana, las máquinas ganaron la guerra contra nosotros lideradas por una simple máquina de Nespresso. No hacía falta más inteligencia para derrotarnos.
War, huh, yeah / What is it good for? / Absolutely nothing, uhh… Say it again!