El “Report on the State of Scholarship in the Humanities and the Humanistic Social Sciences”, también conocido informalmente como ‘El Informe Vanderbilt’, fue publicado en línea por dicha universidad el 5 de junio. Ha causado notable revuelo, algo que no sorprende teniendo en cuenta que está dirigido a rectores universitarios de todo Estados Unidos.

          El informe, ideado por Daniel Diermeier, rector de la Universidad de Vanderbilt, y Andrew D. Martin, rector de la Universidad de Washington, y encargado a Paul Boghossian, corresponde a la preocupación de que “las disciplinas humanistas han permitido que los valores ideológicos de fondo distorsionen la búsqueda objetiva del conocimiento en esos campos.” Una señal de alarma para empezar… Está firmado por el propio Boghossian (filosofía), Kwame Anthony Appiah (filosofía), Kit Fine (filosofía y matemáticas), Joseph Henrich (antropología y biología evolutiva humana), Katherine E. Fleming (historia), Jason Merchant (lingüística), Gary Saul Morson (lenguas y literaturas eslavas), Gideon Rosen (filosofía), Ashley Rubin (sociología) y Sean Wilentz (historia). Ocho hombres, dos mujeres, todos blancos salvo una persona negra; nueve profesores de las mejores universidades privadas, solo uno de una institución pública. El informe pretenden abarcar las áreas de filosofía, antropología, sociología, historia, estudios literarios y estudios musicales (aunque ningún especialista representa este área específica). No se mencionan los Estudios Culturales.

          Este informe podría ser uno entre muchos otros, pero lo que lo hace especialmente aterrador, incluso desde la distancia que separa España de Estados Unidos, son dos frases. Los autores admiten que sus conclusiones “aún no están respaldadas por el tipo de evidencia cuantitativa que se esperaría en un estudio revisado por pares sobre estos asuntos” y, por tanto, ellos “Instan a la cautela por parte de los administradores que puedan querer actuar en base a nuestro informe” (cursiva mía), transmitiendo así que el informe pretende tener efectos reales en la disciplina de los especialistas en las Humanidades. Más tarde, se dirigen a los preocupados rectores universitarios, aconsejándoles dar un “primer paso”: “un estudio intensivo de las unidades en cuestión realizado por expertos disciplinarios de mente abierta (internos y externos) y por expertos de disciplinas adyacentes que toman en serio los problemas y en quienes se puede confiar para adoptar una opinión mesurada. En nuestra opinión, nada en este informe justifica una intervención más intrusiva que estos primeros pasos” (cursiva original). En otras palabras, el informe autoriza el inicio de una caza de brujas contra los académicos que no cumplan los estándares establecidos por sus autores, implementados por el grupo de “expertos disciplinares”, un adjetivo que alude a ‘disciplina’ como ‘campo de estudio’ pero también a ‘disciplina’ como ‘control y castigo’. Así la libertad académica en las Humanidades se ve amenazada. Si no lo ves, simplemente no sabes leer.

          Los autores del informe se centran especialmente en la publicación, no en la enseñanza, aunque, por supuesto, ambas están relacionadas. Se quejan de que las publicaciones en Humanidades suelen ser producto de una investigación mala o incluso pseudo-académica, señalando que las ideas aún en desarrollo se consideran evidencia plenamente probada, y que las agendas políticas superan la búsqueda de conocimiento (una palabra machacona en el informe). Disputan la idea comúnmente aceptada en las Humanidades de que la objetividad pura no existe, insistiendo en que sí existe y debería ser objeto fundamental en la investigación. La verdad y la razón también se defienden como pilares de la investigación, un punto que difícilmente puede discutirse.

          El único punto con el que coincido en todo el informe es que la prosa académica está manchada por una “extensa jerga abstracta, a menudo tomada de la filosofía y a veces incluso de las ciencias, cuyo resultado es una prosa que tiene la forma superficial de la erudición pero que en realidad roza una especie de absurdo.” Sin embargo, la prosa clara del informe es prueba suficiente de que el sinsentido no siempre es fruto de una redacción académica enrevesada. Los autores protestan en otro pasaje clave que “el objetivo académico de comprender el mundo es desplazado o complementado con el objetivo de contar historias que sirvan a un propósito pragmático”, como si el conocimiento sobre el mundo pudiera obtenerse sin obstáculos pero nunca debiera aplicarse de manera pragmática. El conocimiento se caracteriza así como una posesión propia de una torre de marfil, aislada del resto de la sociedad por miedo a que pueda degradarse.

          ¿A qué se debe este lamentable estado académico en Humanidades? Según el informe, el legado del posmodernismo (francés), con su llamada a considerar el relativismo y cómo este método ayudó a los sospechosos habituales, mujeres y minorías, a abandonar la “investigación desinteresada” por la pragmática de la política identitaria. En sus conclusiones, el informe sostiene que la investigación desinteresada está “dirigida al conocimiento y la comprensión, tanto por su propio interés como por los bienes adicionales que requieren conocimiento y comprensión genuinos, en lugar de opinión ideológicamente informada, para su promoción”, y debe ser el objetivo principal de la universidad. Muy convenientemente, los autores omiten mencionar que, gracias al relativismo postmoderno, personas distintas a hombres blancos, cis, heterosexuales y privilegiados aprendieron a ver la política conservadora detrás de la ‘investigación desinteresada’ de los buenos tiempos de la universidad que tanto echa de menos el informe.

          Se pueden leer aquí algunas de las reacciones negativas de los académicos cuyos textos se tergiversan y citan incorrectamente en el informe, muestra de investigación muy mala y tendenciosa que apenas oculta sus intenciones ominosas. Citaré además de las muchas quejas expresadas en redes sociales como @BlueSky (donde ahora se reúnen la mayoría de los académicos progresistas estadounidenses), Substack y los medios académicos, el artículo de Dwight A. McBride “The Question Haunting That Humanities Report.”

          McBride es director ejecutivo del Centro para el Estudio de la Raza, la Etnicidad y la Equidad, Profesor Distinguido Gerald Early de Estudios Africanos y Afroamericanos, y profesor de inglés y estudios de mujeres, género y sexualidad en la Universidad de Washington en St. Louis. Como escribe, “Detrás de gran parte del informe hay una visión nostálgica de la academia como un ámbito de objetividad apolítica—un lugar donde los académicos perseguían un conocimiento libre de compromisos ideológicos y donde los estándares disciplinarios estaban aislados de preocupaciones sociales y políticas. Pero esa academia imaginada también era una academia de la que se excluía en gran medida a mujeres y personas de color. Incluso después de que cayeran las barreras formales, sus perspectivas, experiencias y contribuciones intelectuales permanecieron marginadas en gran parte de las humanidades y las ciencias sociales.” McBride sostiene que la aparición de los campos asociados al estudio de la raza, el género, la clase, etc. (o de la política identitaria) no significó “un alejamiento de la investigación académica” sino una “respuesta a carencias de larga duración en ella.” No podría estar más de acuerdo.

          McBride señala que el informe no ataca “la ampliación de la atención académica a las mujeres, las minorías raciales y otros grupos históricamente marginados, sino más bien los métodos utilizados para estudiarlos.” Sin embargo, también ve, como todos debemos ver, que al cuestionar nuestra metodología (soy mujer y estudio Estudios de Género, ¿recuerdas?) nuestro campo de investigación se ve amenazado con una exclusión radical por el hecho de que producimos mala investigación falta de conocimiento. Tarde o temprano, los gestores y rectores universitarios establecerán comités disciplinares de especialistas con el propósito de dictar metodologías adecuadas de investigación en Humanidades, que excluirán el pensamiento crítico mientras pretenden trabajar a favor de la verdad, la razón y el conocimiento. Esto es muy peligroso. El informe pretende destruir vías clave de adquisición de conocimiento establecidas desde los años 60 y es similar al ataque paralelo continuo contra los Derechos Civiles y los derechos humanos que los políticos de derechas están desatando en todo el mundo. El informe es, en resumen, puro anti-wokeismo bajo el disfraz de la razón filosófica pura.

          En un momento dado, los autores intentan disimular su huella política señalando con astucia que, aunque “el socavamiento politizado de los estándares académicos que describimos está en gran medida asociado con la izquierda académica”, el “remedio” no puede ser “promover la erudición politizada desde la derecha, y mucho menos estigmatizar y castigar la investigación seria de la izquierda. Eso sería empeorar una situación mala.” Esta afirmación supone que existe una posición neutral desde la cual la ‘mala’ investigación de los académicos menos ‘serios’ de la izquierda podría y debería ser ‘disciplinada’ para así producir investigación ‘procedente’ carente de cualquier contenido ideológico, una visión que sería risible si no fuera tan condenadamente aterradora. Por cierto, el informe no analiza ninguna muestra concreta de la academia de derechas para criticar su retórica y metodología, y este flagrante silencio dice mucho sobre las intenciones de los inductores y los autores. Insisto en que el informe es una herramienta para disciplinar a los académicos de Humanidades de izquierdas que no cumplen criterios implementados desde posiciones de derechas, con los autores presentándose como guardianes neutrales de la investigación desinteresada, en sí mismo un concepto altamente politizado.

          Vuelvo al tema de la baja calidad de la prosa académica actual, ya que es sin duda un obstáculo importante en la transmisión del conocimiento crítico necesario para detener el embate de la derecha. Ya he señalado que alguien debería escribir una tesis doctoral sobre cómo la intensa mezcla de marxismo e intelectualismo filosófico francés, a la que podríamos añadir el psicoanálisis lacaniano, dio lugar a un lenguaje para iniciados impenetrable para la mayoría de las personas, incluidas las que tienen títulos universitarios. Creo que se cometió un error muy grave cuando se tomó la prosa fea de los principales pensadores posmodernos como el estándar con el que debemos medir nuestras publicaciones.

          En un momento de urgente resistencia sociopolítica a la demolición de los derechos civiles y humanos, no podemos usar una retórica que solo unos pocos entienden y alaban. Necesitamos un lenguaje claro y rotundo que pueda atraer al mayor número posible de personas dentro y fuera de la universidad. La batalla está en marcha, y la derecha la está ganando gracias a la retórica manipuladora de las redes sociales, basándose en un lenguaje directo que nosotros, en la izquierda, podemos aborrecer pero que es muy efectivo. Atrapados en su retorcida prosa académica, muchos pensadores de izquierdas han perdido la capacidad de atraer a grandes segmentos de la población, lo cual es en muchos sentidos tristemente irónico. Somos la nueva torre de marfil.

          Aprovechemos las críticas de ‘The Vanderbilt Report’ para construir un nuevo lenguaje para nuestra investigación y una nueva metodología que evite las muletas que proporcionan los densos marcos teóricos para ofrecer en su lugar un pensamiento radicalmente nuevo. Apelemos a los demás siendo atractivos, y escribamos artículos y libros que puedan ser leídos con gusto incluso por quienes, en principio, no están de acuerdo con nosotros. Seamos honestos y didácticos, en resumen.

          Acabo ya, muy asustada pero también muy, muy, muy rabiosa.