El 1 de enero leí de una tacada las memorias de Caroline Darian (traducidas al castellano por Lydia Vázquez) Y dejé de llamarte papa (2025, Et j’ai cessé de t’appeler Papa). El apellido real de Caroline es Pelicot, pero en este emotivo libro utiliza una mezcla de los nombres de sus hermanos (David y Florian) para narrar cómo su monstruoso padre destruyó a su familia al someter, bajo sumisión química, a su esposa Gisèle a cientos de violaciones, por su parte y la de otros 73 hombres (50 de los cuales han sido condenados). Caroline y Gisèle no se hablan, ya que la madre es incapaz de aceptar que la hija fue, si no violada, al menos violentada por Dominique, el padre (la policía les mostró a ambas fotos que demuestran que la joven también es una víctima). Encontré el breve libro de Caroline audaz, bien escrito y necesario. También tengo la intención de leer las memorias de Gisèle, no por morbosa curiosidad sino como estudiosa de la villanía patriarcal masculina.

          Así que 2026 empezó muy bien, pero mi selección de lecturas empeoró muy rápidamente. Debo haber batido un récord personal porque ayer renuncié a siete novelas (afortunadamente para mí, todas ellas tomadas prestadas de mi biblioteca local). He decidido no mencionar títulos ni nombres de autores, porque mis dificultades para encontrar libros atractivos podrían deberse más a mis problemas para centrarme en la ficción que a las novelas en sí.

          Después de las memorias de Darian, empecé a leer una novela muy bien recibida en 2013 escrita por una autora surcoreana (no, no es la ganadora del Nobel Han Kang) que trata sobre una empleada de una agencia de viajes especializada en turismo de desastres. La novela empezó bien, pero a mitad de camino la trama empezó a flaquear. La novelista hace que su protagonista coreana se enamore de un joven habitante de una isla vietnamita, lo cual en principio era una buena idea, pero su romance comienza de forma muy abrupta que lo hace poco creíble; además, la escritora olvida aclarar en qué idioma hablan sus personajes (parece que la protagonista aprende vietnamita de un día al otro). Absurdamente, esta mujer no cuestiona un complot para asesinar a cientos de isleños en una falsa catástrofe destinada a aumentar los menguantes ingresos de la isla, que vive de un desastre anterior que atrae cada vez menos turistas. Leí un poco más, pero no pude tragar las últimas 25 páginas de solo 200. Ni siquiera para añadir otro título más a mi lista personal de lecturas. Debe ser la primera vez que no consigo terminar una novela tan cerca del final. Es frustrante porque no he ganado nada intentando leer esta novela, salvo tener un tema para este párrafo.

          Al día siguiente, empecé un volumen de no ficción escrito por un historiador de la ciencia español Juan Pimentel, titulado El rinoceronte y el megaterio (2010). Soy una lectora muy omnívora y este libro promete ser uno de mis favoritos de 2026. Sin embargo, es un poco denso, y tras leer 50 páginas sin pestañear decidí parar y empezar a leer una novela, y fue entonces cuando llegó el cataclismo. Pasé más de tres horas leyendo los primeros capítulos de seis de las siete novelas y, lo siento, leyendo también innumerables críticas negativas en GoodReads.

Empecé con una breve novela de una aclamada novelista danesa, que ha anunciado su intención de publicar siete volúmenes de la misma serie. El problema es que esta mujer no ha visto la brillante película de Harold Ramis de 1993, Atrapado en el tiempo, ni tampoco, aparentemente, los críticos que creen que ha dado con una premisa original. Pues no es el caso. Su protagonista, que dirige un negocio de venta de libros del siglo XVII junto a su marido, de repente se encuentra atrapada en el mismo día una y otra vez. No es un día especialmente apasionante y ella es una mujer singularmente sosa. Me llevó unas 30 páginas aburrirme hasta la extenuación (y eso que era un volumen bastante corto) y me rendí. También abandoné una novela de otro escritor nórdico, en este caso sueco, que según se dice es el comienzo de una saga muy divertida. Tras leer veinte páginas de la traducción al inglés, ya vi que era una novela muy poco graciosa, o un tipo de humor que no entendía.

          Acto seguido, ya que tenía aún ganas de leer, tomé un clásico menor de ciencia ficción estadounidense de 1971, que descarté rápidamente cuando el protagonista masculino empieza a presumir de poder elegir entre tres jóvenes y hermosas mujeres enamoradas de él (que se pelean como gatas en celo por su atención). No, gracias. Así que probé una novela histórica muy larga de un autor inglés superventas, con decenas de personajes de varias familias, y lo suficientemente ambiciosa como para intentar narrar tanto la Primera Guerra Mundial como la Revolución Rusa. Empecé a leer y en el primer capítulo encontré una copia descarada de la novela de Richard Llewellyn Qué verde era mi valle, excepto que esta nueva novela empieza con un niño de 13 años preocupado porque su ‘peter’ aún no es el de un hombre (es el día de su cumpleaños y también el primero que pasa trabajando en las minas de su ciudad natal galesa). No, gracias. Además, este famoso escritor utiliza una prosa muy insípida y trata a sus lectores como idiotas que no tienen ni idea de historia y ni siquiera de cultura en general.

          Después, abandoné una novela muy aclamada de un joven novelista español, que ya había intentado leer hace un mes. La volví a tomar prestada de la biblioteca tras leer que este joven está siendo acosado en internet por ser gay y por su ecuánime enfoque sobre la Guerra Civil española en esta novela. Ni siquiera la empecé. Una crítica brutal en GoodReads la destroza de tal manera que decidí no intentar leerla otra vez. La idea de usar el realismo mágico para narrar la trágica Guerra Civil española ya no me atraía mucho, y este reseña de GoodReads me convenció de que, incluso si lograba empezar la novela, no leería todas sus 700 páginas. No habrá tercer intento de momento.

Así que recurrí a una novela española algo más antigua, publicada en 2007 y hoy aclamada como una de las mejores obras del siglo XXI en España. El problema de esta novela es típico de la literatura española: el monólogo interior debe reflejar la personalidad del personaje y excluir cualquier adorno literario del autor. Sin embargo, este personaje, un constructor corrupto de la costa mediterránea, piensa como un novelista literario. El autor abruma a los lectores con páginas y páginas y páginas de los pensamientos banales del tipo, salpicados de frases emperejiladas, y sin párrafos. Parece que los monólogos posteriores de otros personajes ni siquiera tienen puntuación, pero paré de leer antes de someterme a este tipo de tortura postmoderna.

          Finalmente, abandoné una novela de un reconocido novelista irlandés por una razón similar. La novela combina el diario secreto de una mujer de 100 años encerrada en un psiquiátrico desde su juventud, y los informes de su psiquiatra, quien debe elegir qué pacientes deben ser trasladados a otro lugar antes de que cierre la degradada institución. En seguida vi cómo están conectados estos dos personajes más allá de su relación como médico y paciente, pero, bueno, no me importan los espóilers. Lo que mató mi interés fue que no podía suspender mi incredulidad y aceptar que lo que ofrece este novelista corresponde a cómo escribiría una mujer muy mayor, desconectada de la vida mundana durante mucho tiempo. Además, la idea de que pudiera escribir durante horas sin que nadie la descubra es simplemente absurda.

          Cuando dejé de leer esta novela, ya pasada la medianoche, no volví al ensayo de Pimentel, que seguiré leyendo en cuanto termine de escribir esta entrada.

          Siempre que cuento a mis amigos mis problemas para encontrar novelas atractivas, me recomiendan algunas que les han gustado, pero eso no me ayuda. Todas las novelas que he descrito aquí me fueron recomendadas, de una forma u otra, tanto por críticos profesionales como aficionados. Quizá el problema sea que la razón por la que leo y la razón por la que los novelistas escriben ya no coinciden.

Leo para aprender en general sobre la vida y, específicamente, para compartir experiencias humanas. Por contra, los novelistas parecen estar más bien centrados en sus propias carreras, las vean como un negocio comercial o como un proceso creativo, y no parecen muy interesados en llegarles a los lectores. Por razones muy diferentes, Caroline Darian y Juan Pimentel sí quieren comunicarse con sus lectores: ella por razones personales dolorosas, él porque está fascinado por un tema dentro de su área profesional. Ya no encuentro esa urgencia ni pasión en las novelas. Me parecen insustanciales, especialmente las publicadas en las últimas décadas, que, además, suelen estar muy sobrevaloradas por la industria editorial y por los lectores, siempre a la búsqueda de la gran novela. Y me aburren soberanamente.

          Posiblemente, esta sea la maldición del lector sénior, porque cuanto más lees, más difícil es encontrar una novela del todo satisfactoria (¡menos mal que tenemos escritores de no ficción!). Con todo, no sé decir qué es lo que busco en una novela. No es, definitivamente, un tema particular, porque, como he dicho, soy muy omnívora. Ni un estilo. Simplemente no quiero notar que estoy leyendo. Quiero desaparecer en las novelas que leo y evitar el dichoso aburrimiento. Y quiero dejar de estar de acuerdo con las reseñas negativas en GoodReads. O la novela está muriendo en el siglo XXI o he perdido totalmente el gusto por este género. Posiblemente sea una mezcla de ambos…

          ¿No tenéis curiosidad por los títulos y autores de las siete novelas que dejé en una misma noche…? ¿O ya habéis adivinado cuáles son?