Hace un tiempo escribí una entrada titulada “Las valoraciones estudiantiles del profesorado: cómo funcionan y algunas ideas para mejorarlas”, criticando cómo están organizadas las encuestas para valorar nuestro trabajo como profesores. Desde entonces he estado persiguiendo a la Decana de mi Facultad para que haga algo al respecto. Otros profesores debieron protestar también, porque hay al fin un comité de trabajo para mejorar las encuestas. Hoy, mi entrada no trata sobre las encuestas en sí, sino sobre las reacciones emocionales que genera la crítica negativa de los estudiantes. Porque, no hay que olvidarlo, los profesores tenemos sentimientos y una salud mental que proteger.

          Normalmente termino mis asignaturas con una sesión de conclusiones, en la que repaso el, por así decirlo, arco narrativo de mi docencia e invito a los estudiantes a ofrecer su opinión. Esta vez llevé una página en blanco a clase y les dije que a los estudiantes que, como no conozco su letra (todos los ejercicios se hacen en casa usando ordenadores), podían ofrecerme comentarios anónimos para que los considerara. La clase rechazó mi oferta, pero un par de estudiantes hicieron sugerencias: 1) debería dedicar más tiempo a enseñar a escribir reseñas en clase (el año pasado la clase me dijo que usaba demasiado), 2) debería dar consejos sobre las reseñas ya corregidas en clase, y no solo a través de la tutoría que envío por correo electrónico tras devolver todos los ejercicios (respondí que con los mensajes les llego a todos, mientras que la asistencia a clase ronda el 60%). Así que me fui a casa contenta pensando que los estudiantes estaban satisfechos. Yo mismo estaba muy satisfecha, ya que las tres reseñas de cuatro (el 80% de la nota final) que ya había corregido eran entre correctas y muy buenas. Hubo algunos problemas, pero se habían ido solucionando.

          El caso es que, aunque tengo un puñado de e-mails muy positivos, una parte considerable de los estudiantes no está satisfecha ni con la materia ni con mi enseñanza. Lo sé a través de las encuestas que realiza mi Facultad y que, como es habitual en universidades de todo el mundo, los estudiantes universitarios pueden rellenar de forma anónima. Como he apuntado, soy un ser humano con sentimientos, y no puedo evitar sentirme profundamente herida por comentarios que, en algunos casos, muestran gran animadversión. No estoy acostumbrada a los haters de las redes sociales, aunque, posiblemente, los estudiantes sí, y quizá mi piel sea más fina de lo que la situación requiere. En fin, después de 24 horas bastante horribles, hice lo que hacen los académicos: investigar cómo los profesores gestionan los comentarios negativos. Resulta que hay muchas publicaciones dentro de un área creciente.

          Las encuestas de los estudiantes sobre los profesores parecen ser una invención de las universidades estadounidenses en los años 20 en el contexto de la educación superior privada (véase el artículo de d’Apollonia & Abrami, 1997). Le debemos a H.H. Remmers, profesor de Psicología y Director de la División de Referencia Educativa en la Universidad de Purdue, el desarrollo de la idea y la formalización del método y del área de investigación, ambos a mediados de los años 30. Las encuestas se ampliaron en las décadas de 1960 y 1970, como respuesta a las demandas de los estudiantes para que se consideraran sus opiniones. Entre las décadas de 1970 y 1990, las encuestas se utilizaron de forma informal para mejorar la enseñanza y como herramientas para evaluar a los profesores en relación con la titularidad, la promoción y su contratación. En 1993, el Higher Education Research Institute (HERI) de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) introdujo una herramienta formal, el College Student Survey. Este no se limita a la valoración de los profesores sino que es, más bien, una herramienta que unifica las encuestas a nivel nacional estadounidense sobre muy diversos temas estudiantiles. Se pueden consultar los resultados (de 2024) aquí.

          Para el contexto español, he leído el artículo “La evaluación del profesorado universitario en España” de Tejedor y Jornet (2008). Los autores identifican cinco momentos clave:

1. Evaluación orientada a y controlada por cada universidad (1981-1989).

2. Implementación del Decreto de Retribuciones (1989), por el cual se añadieron retribuciones adicionales a los salarios en función de la calidad docente.

3. Aprobación del Plan Nacional de Evaluación de la Calidad de las Universidades (1992).

d) Implementación del sistema de acreditación para personal contratado y de la habilitación nacional para funcionarios públicos con la Ley Orgánica de Universidades (LOU) (2001).

e) Creación de la Agencia Nacional para la Evaluación de Calidad y Acreditación (ANECA) y de las correspondientes agencias regionales (2002), como la AQU catalana.

          El sistema nacional y autonómico actual sigue las directrices del  programa Docentia  de ANECA, aunque este es mucho más amplio que la simple evaluación hecha por los estudiantes. En mi última solicitud para obtener la retribución complementaria por la enseñanza concedida por la agencia catalana (AQU), en 2021, había cinco secciones, de las cuales solo una se basaba en las encuestas de los estudiantes. De hecho, apenas puedo entender mi propia trayectoria, ya que tengo seis ejercicios de evaluación docente (o quinquenios) validados por el Ministerio y la AQU, un total de 30 años, pero no recuerdo cómo me evaluaron antes de 2001, cuando se implementó el sistema actual tras LOU. Lo que sé es que, mientras que en 2001 se decía que las evaluaciones de los estudiantes eran una especie de extra, ahora son un elemento obligatorio y valorable.

          Sin embargo, no escribo hoy sobre su impacto en nuestros salarios, sino sobre la distorsión que las encuestas imponen a la comunicación entre profesores y alumnos. El anonimato, como sabemos por la revisión por pares, está abierto a la animosidad. Así que, mientras nosotros, los profesores, estábamos siendo formados en una pedagogía, mucho más suave que la del s. XX, que exige que demos feedback amistoso y alentador (pedagogía que hago todo lo posible por seguir), se ha animado a los estudiantes a usar encuestas para arremeter contra los profesores y asignaturas que no les gustan por el motivo que sea.

          Parece ser el caso, como Pekrun et al. argumentan en un artículo de 2010, y Emma Kennedy parafrasea en su blog, que “Los estudiantes no pueden actuar como evaluadores objetivos; sus sentimientos sobre la enseñanza de cada docente están influenciados por factores varios de peso que probablemente no estén bajo su control.” Insistiré en que una vida entera usando redes sociales, a menudo de forma anónima, ha animado a los estudiantes de la Generación Z a mostrarse tan vehementes como quieran ante una pantalla. No creo que los estudiantes puedan ser objetivos, pero mi pregunta es por qué se les ha permitido ser tan abiertamente subjetivos e incluso crueles, ignorando los sentimientos de los profesores. Esto NO es feedback, esto es… vengaza.

          Así pues, ¿qué consejo se nos están dando a los docentes para sobrellevar los comentarios negativos en las evaluaciones? Básicamente, la clásica reacción británica (‘keep calm and carry on’), o la castiza española ‘te aguantas’ (es decir, ¡trágate tu disgusto!). Por favor, tened en cuenta que, dado que los resultados de las encuestas llegan cuando terminan las clases, no hay oportunidad de responder en persona a las críticas. Pensé en enviar un correo colectivo, y de hecho terminé haciéndolo, pero para agradecer a los estudiantes sus críticas positivas sin mencionar las opiniones negativas. No le vi sentido en acusar su recibo porque nadie esperaba que lo hiciera.

          Maryellen Weimer habla de su ‘sobrerreacción’ en un caso personal muy similar al mío, y nos aconseja a los docentes lo siguiente: 1) da un paso atrás; 2) relee las opiniones más tarde, pero con objetividad; 3) decide qué vas a hacer; 4) habla con un colega de confianza; 5) habla con algunos estudiantes; 6) piensa que no estás solo. Weimer recomienda además el artículo “clásico” de Hodges & Stanton “Translating Comments on Student Evaluations into the Language of Learning” (2007). He dado los pasos 1-4 y 6, pero como no sé quién no está contento con mi enseñanza, no puedo hablar con los estudiantes en cuestión. Por cierto, estoy llevando a cabo un experimento: estoy hablando sin tapujos con mis compañeros de departamento sobre los comentarios negativos que he recibido, y aunque se compadecen conmigo, ninguno ha reconocido haberlos recibido también. Esto me desconcierta: o bien soy la oveja negra del Departamento (¡pero si solía ser popular!) o les da demasiada vergüenza hablar de esta cuestión.

          Voy a empezar una nueva asignatura dentro de unas dos semanas, con la mitad de la clase que me dio comentarios negativos matriculada y, como os podéis imaginar, mi autoconfianza no está en su mejor momento. Un punto que debo aclarar es que sospecho mucho que el problema central es que la asignatura sobre la que me han evaluado, Literatura Inglesa Contemporánea, es obligatoria y a muchos de nuestros estudiantes orientados a la lingüística no les ha gustado nada tener que cursar en cuarto año, una asignatura de Literatura que no aparecía en el plan de estudios del que se matricularon hace unos años. Por supuesto, esto no es culpa mía. Introducir Contemporánea y hacerla obligatoria fue una decisión conjunta de todo el Departamento. Yo simplemente me ofrecí a enseñarla. Quizá eso sea suficiente para convertirme en una persona odiosa, no lo sé.

          Como podéis ver, no estoy hablando del elefante en la habitación: ¿y si lo cierto es que soy una mala profesora? Podría aceptar las críticas negativas y responder a cada queja una por una aquí, pero le no veo sentido. Tú, lector mío, tampoco sabrías qué clase de profesora soy, porque podría estar mintiendo. Por supuesto, creo con sinceridad que soy una profesora muy comprometida, que se preocupa por sus alumnos y que intenta hacer todo lo que puede por ellos. Tuve profesores muy malos en mis años de estudiante, y creo que no me parezco en nada a ellos, pero, obviamente, algunos estudiantes no están nada de acuerdo con mi autopercepción.

          Siento que se me juzga muy parcialmente por medios que no dan una medida adecuada de cómo funcionan mis clases. El problema adicional es que este feedback anónimo no ofrece consejos útiles. Sin duda tendré en cuanta para el año que viene las peticiones (educadamente dadas en clase durante la conversación general) de dedicar más tiempo a enseñar a escribir reseñas y dar feedback, pero ¿qué puedo hacer con opiniones como “en esta asignatura no he aprendido nada” o “si no fuera porque la profesora obliga a venir a clase no vendría nadie” (hay cosas mucho peores…)? Pienso que las opiniones anónimas deberían escribirse como si se dirigieran cara a cara al profesor en su despacho, una vez que termina la evaluación y ambos, estudiante y docente, pueden hablar libremente de cómo ha ido la asignatura.

          Mi esperanza es que, si no ahora, quizá en el futuro, los estudiantes miren atrás y concluyan que, al fin y al cabo, sí aprendieron algo de mí y que no es necesario que les gusten sus profesores. También espero que, si alguna vez llegan a ser profesores ellos mismos, sepan ser mucho mejores que yo y complacer a sus alumnos. En cuanto al próximo semestre, estoy meditando si debo dejar de leer las encuestas de los estudiantes para proteger mi salud mental.

          Acabo dándoles las gracias a la directora y al coordinador de Grado de mi Departamento por haberme escuchado y ayudado.