Iba a empezar a escribir mi libro proyectado sobre personajes secundarios, pero me di cuenta de que, dado que no se centra exclusivamente en la novela en inglés sino en una selección de textos europeos en diferentes idiomas, podría tener problemas para presentarlo en mi próximo sexenio de investigación (los evaluadores podrían decidir que me he desviado de mi área). Sí, así es como se frena la creatividad académica. He decidido, así pues, empezar el otro libro que tenía en mente.
Ya había decidido que este libro trataría sobre la narrativa periodística de no ficción, desde el punto de vista de la teoría de géneros, pero resulta que ahora mismo ya estoy preparando un volumen sobre cómo los hijos representan a sus padres en las memorias autobiográficas sobre sus relaciones. Este cambio de tema tiene tres justificaciones: 1) imparto este semestre una asignatura sobre autobiografía y estoy leyendo muchas fuentes secundarias para el curso, así que básicamente ya tengo una bibliografía con los nombres principales; 2) he trabajado en libros diversos sobre la masculinidad representada en distintos géneros y tiene sentido seguir la misma línea productiva, aun cansada como estoy de los Estudios de Género; 3) esto es muy personal: mi padre falleció hace algo más de quince meses, y estoy procesando mis sentimientos (mayormente negativos) hacia él leyendo el corpus de mi futuro libro.
No he elegido escribir sobre hijas y padres porque me interesa cómo los hombres afrontan el legado de sus padres, habiendo visto a mis hermanos rechazar totalmente el modelo de mi padre para construir un tipo de masculinidad del todo diferente. En mi caso, creía que el conflicto central de mi vida era la mala relación con mi padre, pero empiezo a ver, una vez que se ha ido, que ese conflicto central es en realidad cómo evitar seguir el modelo de sumisión ineludible de mi madre. Podría haber elegido trabajar sobre madres e hijas, pero no quiero ahondar en los conflictos entre mujeres, ya que este tipo de estudio tiende a socavar la sororidad y aumentar la misoginia. Prefiero trabajar en el cambio intergeneracional dentro de la masculinidad y/o el patriarcado, dirigiéndome a lectores hombres. Resolveré mis propios problemas con mi madre (que, como cualquiera que la conoce sabe bien, es una persona muy buena) de otras maneras, si es que algún día lo consigo.
Estoy leyendo una lista de unas 50 memorias escritas por hombres sobre sus padres, de las cuales pretendo seleccionar unas 15 para el libro. Hasta ahora, he encontrado una monografía académica dedicada por entero al mismo tema: Australian Patriography: How Sons Write Fathers in Contemporary Life Writing (2014) de Stephen Mansfield. El autor afirma que los siete libros en los que se centra (comenzando por el emblemático Father and Son, 1907, de Edmund Gosse) son suficientes para abarcar un espectro que va desde las memorias dominadas por la presencia del padre hasta las memorias dominadas por la autoría del hijo. Mansfield también habla del continuo ‘elegía fúnebre-denuncia’. Estos dos ejes (personaje/autor, elegía/denuncia) son muy útiles, pero en mis libros siempre he intentado encontrar un equilibrio entre diferentes identidades. Mansfield, él mismo australiano, se mantiene fiel a lo que su nación ha producido, pero al no estar vinculada a ninguna zona anglófona, soy libre de moverme como quiera. Al leer, llevo cuidado de seleccionar diferentes identidades y, sobre todo, diferentes experiencias.
Aunque mi enfoque es, como siempre, el siglo XXI, no puedo ignorar memorias anteriores, como el ya mencionado libro de Edmund Gosse, la Autobiografía de J.S.Mill (1873), o el que he leído este fin de semana, My Father and Myself (1968) de J.R. Ackerley. El prestigioso Premio TLS Ackerley de autobiografía y memorias lleva el nombre de este autor y personalidad literaria (y decir que me sorprendieron mucho las cándidas memorias de Ackerley es quedarse muy corto). De hecho, empecé mi lectura para mi futura monografía con Patrimony de Philip Roth, de 1991, libro que había leído hace mucho tiempo (como las memorias de Gosse) cuando era doctoranda, y que no me había impresionado demasiado. Ahora lo he disfrutado mucho más, aunque solo sea porque soy mucho mayor y entiendo mejor los problemas que Roth plantea sobre los progenitores ancianos. Debo decir que, como memoria de escritor, Patrimony me parece mucho mejor en su concisión y enfoque que Experience (2000) de Martin Amis, obra que ya había leído y recordaba con cariño. No sé por qué, ya que en esta relectura me pareció un libro tan insoportablemente caótico y narcisista que he decidido excluirlo de mi libro. Además, al contrario de lo que indica la crítica, Amis junior no dice mucho sobre la tensa rivalidad como escritores entre su padre y él.
El proceso de selección del material para un libro siempre es muy complicado porque, sea cual sea el volumen que decidas escribir, el campo siempre es inmenso y, por tanto, el corpus potencial. Volviendo a mi decisión de leer unos 50 libros, esto es lo mínimo que necesito para entender cualquier tema que abordo en mis libros, aunque, como he señalado, Mansfield comenta solo siete libros, y he reseñado monografías basadas en solo tres novelas. No sé cómo lo llevan otros autores de monografías académicas, pero he integrado en mi cabeza a un crítico feroz que constantemente encuentra fallos porque he excluido esto o aquello. (Mi crítico interior me advierte, por ejemplo, que excluir a Amis podría ser un error grave). Creo que ese crítico interno debe ser español hasta la médula, porque en la tradición crítica española tendemos más a la enciclopedia que a la lectura minuciosa (como sé por mi propia tesis doctoral). En la tradición anglófona, los académicos dan por sentado que, al enfrentarse a un campo vasto, no es necesario justificarse por elegir una breve selección de casos de estudio, quizás porque la productividad se valora por encima del rigor basado en una amplia muestra.
He leído hasta ahora unas seis memorias y espero con ganas leer el resto este año. Ya sé que algunas memorias aparecerán en mi libro, me gusten o no, porque son volúmenes importantes que han llamado mucha atención (Question 7 de Richard Flanagan), pero también sé que escribiré sobre memorias menos importantes que dicen algo único (The Measure of a Man: The Story of a Father, a Son, and a Suit del autor sino-canadiense J.J. Lee). Aparte de Amis, he descartado Waylon: Tales of My Outlaw Dad, de TerryJenning, coescrito con David Thomas, porque me pareció una obra muy mal escrita y, de todos modos, tengo en mi lista otras memorias de hijos no famosos de padres muy famosos (uno de mis favoritos es Stories I Tell Myself: Growing Up with Hunter S. Thompson de Juan Thompson, un libro que me gusta mucho más que cualquiera escrito por el propio Thompson). Sé que es habitual prescindir del gusto personal y de la valoración literaria en el análisis cultural, pero tengo problemas para tratar libros de calidad limitada. En mi libro sobre ciencia ficción y masculinidad hay un capítulo que me incomodó mucho porque necesitaba que el autor (miembro de una minoría significativa) estuviera presente en mi selección, pero me decepcionaron sus novelas. Al final resultó ser una presencia simbólica, para cumplir cupo, de lo que me arrepiento.
En el párrafo final de sus memorias, Ackerley escribe que “Se han hecho muchas preguntas, pocas reciben respuesta. Algunos hechos han quedado establecidos, mucho más puede ser ficción, el resto es silencio. De mi padre, mi madre, de mí mismo, al final no sé prácticamente nada”. Puede que haya empezado con un conjunto de memorias que, por mero accidente, también carecen de un sentido de cierre, pero ese podría puede ser el patrón principal. Las memorias que me interesan se llaman técnicamente auto/biografías, ya que son tanto una autobiografía del hijo como una biografía del padre, constituyendo juntas unas memorias. Lo que revelan es que las personas vivas son mucho más difíciles de manejar como constructos que los personajes, que son, por definición, personas parciales. Cualquier autor autobiográfico se enfrenta al mismo reto: ya es bastante difícil dar una explicación de uno mismo que tenga sentido para el lector, como para intentar retratar a otra persona. Los retratos de primer plano que estoy leyendo son, hasta ahora, borrosos, un hecho que los hijos reconocen en sus libros, comentando las dificultades de retratar a alguien a quien creían conocer y la imposibilidad de ser justos con sus retratados.
Las memorias de Pat Conroy, The Death of Santini, establecen una paradoja singular. Conroy creció sufriendo los abusos físicos y psicológicos de su padre Marine y, ya como novelista, ficcionalizó su infancia en la novela The Great Santini. Al parecer, su padre dejó al fin de lado su actitud violenta contra su esposa e hijos cuando vio su retrato en esta novela, pero disfrutaba tanto de ser conocido por la misma que a menudo acompañaba a su hijo en sus presentaciones de libros, llegando incluso a firmar más ejemplares que él. El padre racionalizó esta extraña situación alegando que, como escritor de ficción, su hijo mentía en la novela. El hijo respondió escribiendo las memorias, fusionando en el título a su padre ficticio y a su padre real. Conroy también utiliza sus memorias para subrayar que la violencia que el padre siempre negó fue muy real, y que apenas la modificó en su novela autobiográfica The Great Santini.
Ni siquiera las mejores memorias del tipo que pretendo estudiar pueden hacer justicia al retrato del padre, ni para bien ni para mal, porque la distancia entre él y el hijo no es suficiente. Los hijos son muy pobres biógrafos de sus padres, al estar demasiado unidos como para ser mínimamente objetivos, y por lo tanto, los retratos que surgen son sesgados y retorcidos. Esto es, naturalmente, lo que hace que estas memorias sean tan interesantes, porque al articular su opinión sobre sus padres, estos hombres deben considerar quiénes son ellos mismos como hombres y como seres humanos. Por cierto, debo señalar que, aunque hay bastantes hijas que han escrito sobre sus padres, hasta ahora no he visto memorias de hijos sobre madres (quizá deba buscar más).
Mientras leo, no puedo sino preguntarme cómo escribiríamos mis hermanos o yo sobre nuestro padre. Mi hermano pequeño solía decir que perdimos la oportunidad de ganar millones por no escribir sobre el comportamiento desagradable y las opiniones absurdas de mi padre, y puede que tenga razón. Este mismo hermano, cuando le recordé el primer aniversario de la muerte de mi padre, me soltó que ya no piensa ‘en esa persona’, posiblemente la actitud más saludable que cabe asumir. No necesitamos a Freud para entender que los padres pueden causar heridas muy profundas, y es fácil ver que las memorias que leo son terapéuticas.
En esto me siento partida en dos: entiendo la necesidad de los hijos de procesar sus recuerdos de padres entre malos e indiferentes, pero creo que, como civilización mundial en decadencia y profundamente patriarcal, necesitamos más memorias escritas por hombres de buenos padres (incluidas sus imperfecciones). The Beautiful Struggle de Ta-Nehisi Coates, unas memorias que rinden homenaje a su padre W. Paul Coates por sus esfuerzos por proporcionar a sus hijos una educación sólida, me parece el tipo de memoria que los hombres necesitan ahora. Unas memorias sobre padres desastrosos como el mío pueden tener valor terapéutico, como digo, pero difícilmente son el discurso inspirador que necesitamos para avanzar hacia una masculinidad libre de patriarcado.
Puede que cambie de opinión al tiempo que leo otras memorias, ya os lo contaré.