Normalmente, escribo las entradas en inglés (así practico, que siempre hace falta al no ser nativa, y más en un registro informal) y las traduzco al castellano, con ayuda del traductor automático de Word, que es una maravilla. Hoy lo hago al revés porque la entrada se inspira en un libro publicado por la autora española Marta Sanz y se me hace extraño escribirla en inglés.

No se trata de una reseña, sino de una valoración del retrato del escritor contemporáneo en España que Sanz hace en su volumen Los íntimos (Memoria del pan y las rosas) (Anagrama, 2024). La autora, a la que le encantan las repeticiones, subraya una y otra vez que se trata de una novela social pero ya sabemos que los autores no siempre llevan razón sobre su propia obra; para mí se trata más bien de unas memorias profesionales. Como tales son fascinantes, ya que Sanz no solo traza una crónica muy completa de su propia trayectoria, sino que también explica en notable detalle cómo y de qué viven los escritores en la España de hoy.

          Lo raro del caso es que no he leído ninguna novela de Sanz (1967, Madrid), autora de narrativa, pero también de ensayo y poesía, editora de libros colectivos y participante en ellos, además de ser columnista y colaboradora en la radio. Por Los íntimos y por Wikipedia, y porque me sonaba mucho su nombre, si no, no habría leído sus memorias, sé que Sanz es autora de dieciséis novelas (o diecisiete si hemos de creer que Los íntimos lo es). Entre ellas destacan El frío (su primera obra, 1995), Los mejores tiempos (2001, Premio Ojo Crítico de Narrativa), Animales domésticos (2003), Susana y los viejos (2006, finalista del Premio Nadal), Black, black, black (2010, su primer libro para Anagrama), Farándula (2015, Premio Herralde de Novela), y Clavícula (2017). Ella se refiere a todos sus libros con gran cariño en Los íntimos, y se jacta de practicar tanto literatura creativa como novela negra de finas ambiciones. Mi intención es leer Farándula en primer lugar, pero me ha sorprendido ver que, pese a la fama de la autora entre los académicos, la biblioteca de mi universidad no la tiene (ni Clavícula). Acudiré, así pues, a mi estupenda biblioteca local, que es donde vino a parar a mis manos Los íntimos.

          En mi asignatura Literatura Contemporánea en Inglés les enseño a mis estudiantes cómo funciona el mundo editorial, por eso me ha parecido tan apropiado leer Los íntimos, aunque haya sido por casualidad y el entorno descrito sea el de la lengua castellana en España. La prosa riquísima de Sanz me ha acompañado muchas horas unas cuantas noches seguidas. Son 502 páginas, no siempre ordenadas siguiendo un orden cronológico estricto, en las que la autora habla en lenguaje exquisito de los muchos otros autores que ha conocido y a los que mayormente aprecia de todo corazón, sin la ponzoñosa envidia propia del panorama español desde el inicio de los tiempos. Entre autor que es un mero conocido y autor que es amigo del alma, Sanz habla algo de su familia, en la que hay escritores aunque de mucha menos enjundia, y de su pareja Chema, que, aunque se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar, está siempre a su lado en los muchos viajes de promoción, o eso me parece.

          Sanz tiene una enorme ambición literaria, palpable en la velada (o no tan velada) alusión a su deseo de algún día ganar el Nobel. Sucede, no obstante, que es nieta de gente obrera e hija de gente de clase media pero muy enraizada en el activismo de izquierdas. El resultado es una implacable conciencia de clase que la hace dedicar muchos comentarios en sus memorias a la dura realidad del mercado editorial. Sanz tiene muy claro que su objetivo en la vida es practicar su arte, que es la escritura, pero se define a sí misma y al resto de los autores como trabajadores que dependen de una clientela: nosotros los lectores. De hecho, al contrario de lo que podría esperarse en unas memorias literarias, Sanz habla muy poco del proceso de escribir (tal vez porque para entenderlo basta con leer su minucioso y preciosista libro), y muchísimo de cómo socializan autores y editores, y de los esfuerzos que debe hacer el autor para auto-promocionarse y vender libros.

          Este ángulo tiene mucho que ver con las frustraciones de Sanz que, según aprecio, son transparentes. Para situarnos, ella es una autora conocida y apreciada entre los críticos, y ya objeto de investigación en trabajos de fin de grado, de máster, tesis doctorales y publicaciones académicas. No he comprobado en qué cantidades, pero ella lo comenta y estoy segura de que es habitual que los especialistas en literatura española presenten comunicaciones sobre Sanz en congresos diversos. La cuestión es que el prestigio no da dinero, y para sobrevivir como trabajadora de la escritura Sanz tiene que vender libros (no han pasado por sus manos premios que la liberen de obligaciones engorrosas, como el bien dotado Planeta).

Así pues, aunque Sanz no explica cuándo escribe sus libros, ni cuánto tiempo le llevan, sí que detalla en qué actividades participa, aunque no siempre queda claro si cobra. Como todos los autores con una presencia consolidada, Sanz da charlas en institutos, participa en clubs de lectura (aunque sean en un pueblo de Albacete), acude a festivales literarios nacionales e internacionales, presenta sus libros en público, escribe columnas (en El País) e incluso encomios en fajas promocionales, y tiene una colaboración fija en el programa que llevaba Ángels Barceló en la SER. Una anécdota define las ironías de la fama literaria secundaria: a punto de perder en una fría noche el último tren entre Valladolid y Madrid, por un problema con el billete, el revisor la rescata porque reconoce su voz, gracias al programa de radio que el hombre escucha religiosamente.

          A Sanz le parece bien todo este ajetreo porque, aunque en un momento dice que no, le gusta viajar y, sobre todo, tener conversaciones interesantes con colegas de profesión en sitios exóticos (o no tanto). Ella se cabrea cuando al final de las presentaciones no se han vendido muchos libros, o se le acercan lectores que la conocen de trabajos previos pero que no se han rascado el bolsillo para comprar el nuevo. La autora, según pone de manifiesto con machaconería, tiene un nombre de prestigio, pero a sus 56 años (ahora ya 59), sufre porque cree que, aunque ya la van situando en la generación de los autores maduros, aún no ha cruzado esa línea que la convertiría en un nombre instantáneamente reconocido entre lectores y no lectores, como puedan ser la difunta Almudena Grandes o, ¡horror!, Arturo Pérez-Reverte.

Sanz no es candidata a la Real Academia de la Lengua pese que su prosa debería hacer que Pérez-Reverte se sonroje, ni creo que vaya camino del Nobel (como lo gane Pérez-Reverte algún día me abro las venas…). Le frustra, además, ver lo que cuesta que sus obras sean traducidas. Por lo que leo, su primera traducción al inglés es la realizada por Katie King de Clavícula como My Clavicle, y publicada en 2025, un año después de Los íntimos. Sanz reproduce en este libro una carta de rechazo de un editor estadounidense en la que le viene a decir que el mercado anglófono ya está saturado de autoras literarias de su estilo, entre las que cita a Rachel Cusk. Sanz se queja de que ella no se parece en nada a Cusk, y yo añado que Cusk, que escribe infinitamente peor, tiene siete libros traducidos al castellano, por uno de Sanz al inglés. Lo dejo ahí.

          Lo que Sanz describe en su novela social o en sus memorias profesionales, según se interprete Los íntimos, es el acto de constante malabarismo al que se enfrentan todos los autores (españoles o no) para mantenerse activos en la profesión de escribir y ser visibles en el candelero. Sanz habla de muchísimos autores y autoras, trazando un panorama que creo que solo los especialistas académicos entienden (la propia Sanz es doctora en Filología Española con una tesis sobre poesía contemporánea). La autora se duele de que muchos de esos autores desaparecieron del panorama tras agotar su cupo de talento, o el interés siempre errático de las editoriales. Lamenta, además, que la muerte temprana se cebe con los autores sobre todo en forma de enfermedades letales, sin que se entienda la misteriosa asociación entre cáncer y buena literatura. A Sanz le encanta, pero le desazona, que la estación de Atocha se llame ahora Atocha-Almudena Grandes, cuando Grandes era para ella una amiga y una admiradísima colega, persona de carne y hueso, y no espacio descomunal por el que circulan viajeros. ¿Qué clase de homenaje es ese, al fin y al cabo?

          Cabe preguntarse, y me lo pregunto, al final de esas 502 páginas, qué quiere Sanz. Me deja perpleja que en más de un momento comente la belleza de sus piernas o lo bien que le sienta la madurez, pero no se pare a defender los méritos de sus muchos libros. Las referencias constantes a las adaptaciones (sobre todo teatrales) que iban a atraer a un público más extenso pero que al final se quedaron en proyectos truncados o en obras en teatros de circuitos secundarios, indican que ella quiere un bombazo que la haga brillar, no sé si una película candidata a los Goya o una serie de Netflix, pero algo. Cuando el tipo que le trae un paquete cree que ella es Marta Sánchez (la cantante) y se decepciona al ver que es la anónima Marta Sanz ella se ríe, pero con la boca pequeña.

          En Los íntimos, Sanz se muestra segura de sus méritos literarios y se dirige a un lector exigente que sabrá reconocerlos, si es que no los reconoce ya (que para eso publica en Anagrama). Al mismo tiempo, su libro es un quejido (un quejío) contra un entorno social español un tanto cateto (esto lo digo yo, no ella), al que le cuesta apreciar a los buenos autores; contra la falta de recompensa económica al trabajo del escritor en comparación con otros trabajos mucho menos creativos (de nuevo, esto lo digo yo extrapolando); contra el vaivén continuo al que está sometido el escritor, al que los lectores quieren ver en persona como sea; contra la obligación de tener redes sociales, aunque se sea muy torpe usándolas; contra la falta de visibilidad y de reconocimiento, aun cuando se lleva treinta años publicando y se han escrito dos docenas de libros. Muy sutilmente, Sanz describe además su temor a quedar arrinconada por las jóvenes autoras, no porque ellas no la respeten o admiren, que sí lo hacen, sino porque la voracísima maquinaria editorial siempre prefiere la novedad.

En cuanto al mundo académico, que es el que garantiza que los autores literarios pasen a la historia, a pocos se les ocurre, sean doctorandos o investigadores senior, que el escritor o la escritora sobre la que escriben puedes estar luchando desesperadamente por mantenerse a flote. Sanz, que es una muy buena nadadora, explica con gran candidez en Los íntimos qué se necesita para aprender los distintos estilos natatorios, pero sufre, se puede ver, temiendo que venga una ola y se la lleve. Aunque podría parecerlo, el mundillo literario no es un lago de plácidas aguas, sino un río revuelto (ganancia de editores) o, aún peor, un encrespado mar abierto. Como se dice en inglés sink or swim, si no nadas, te hundes.

          Le doy las gracias a Marta Sanz por su estupendísimo libro y espero que tenga la suerte que su talento merece. Que venda mucho, que le den premios (aunque no sea el Nobel), que la adapte al cine alguna de las fantásticas directoras españolas que tenemos ahora. Y que algún día el repartidor de Amazon sepa quién es, y no se decepcione al ver que no es Marta Sánchez (aunque me río pensando en la cara de ignorancia de mis estudiantes ante este nombre, cosa de la que me alegro).