12 de enero de 2025 | Chile.

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Por Emmanuelle Barozet y Juan Andrés Guzmán

En su lucha contra la inflación Javier Milei ha hecho a Argentina pobre y económicamente desigual, como era Chile en los 80s. También ha bajado los aranceles aduaneros, lo que amenaza con tumbar a la industria local y transformarlos en productores de materias primas. Esta entrevista analiza el impacto que la industria tiene en la movilidad social; y da algunas lecciones para Chile que está mejor en varios indicadores pero donde el salto al desarrollo es incierto.

Eduardo Chávez Molina, PhD en Ciencias Sociales, experto en movilidad social.

El exabrupto del ministro de Economía argentino Luis Caputo contra Chile (“hoy los gobierna prácticamente un comunista que los está por hundir”), es solo un ejemplo de lo mucho que aparecemos en los debates de ese país. El motivo es bastante obvio: están atrás nuestro en indicadores como inflación, crecimiento o reducción de la pobreza y la ruta que el presidente Javier Milei ha tomado para solucionar esos problemas y “hacer Argentina grande de nuevo” consiste en copiar y exacerbar las políticas que llevó adelante la dictadura de Pinochet.

Así, lo que Milei ha bautizado como la “reforma estructural más grande del mundo” es, en muchos aspectos, el duro camino de transformarse en chilenos de los años 80s.

El costo de ese proceso ha sido alto para nuestros vecinos: la pobreza, que el gobierno de Alberto Fernández dejó en torno al 40%, saltó al 52 % en el primer semestre de 2024, según las cifras oficiales[1]. Y mientras la clase media se desploma, el que fuera uno de los países más igualitarios del continente, comienza a cambiar su esencia: la desigualdad aumenta, lo que es un rasgo característico de Chile. “Cuando pasan esas dos cosas juntas (crece la pobreza y la desigualdad) significa que las elites siguen acumulando riqueza” dijo a TerceraDosis Eduardo Chávez Molina, sociólogo de la Universidad de Buenos Aires que lleva más de una década estudiando la movilidad social en ese país. Chávez argumenta que las políticas de Milei agravan los problemas que Argentina tenía.

“En Argentina hay cada vez más pobres con empleos formales, es decir, personas que tienen contrato, pero cuyos sueldos han perdido gran parte de su valor”.

Hasta ahora, sin embargo, los votantes respaldan ese proceso, pues Milei ha conseguido controlar la inflación. Pero hay algo en lo que difícilmente se nos quieran parecer y es volverse un país productor de materias primas. No quieren, porque saben que los países que hacen eso no tienen clase media.

El economista Ha-Joon Chang, experto en el milagro económico coreano, que cada tanto se propone como un modelo que los latinoamericanos debiésemos a imitar, ha dicho que la industria y especialmente el sector manufacturero es el verdadero centro de “aprendizaje del capitalismo”: ahí reside la fuerza que permite a los países mejorar sus habilidades productivas y desarrollarse. Lo cierto es que, gracias a su industria, nuestros vecinos saben hacer cosas que nosotros no: fabrican autos, ensamblan celulares, televisores. Su industria no es lo que fue (en los 70s aportaba el 40% del PIB, hoy es el 16%); no es competitiva y buena parte de ella se mantiene porque el Estado la protege gravando con aranceles altos a los productos importados; pero todavía ofrece más de un millón de puestos de trabajo y son empleos de mejor calidad que los que se encuentran en el negocio de la carne, la soya y las otras materias primas que exportan.

Milei frecuentemente habla en contra de esta industria “fracasada” tratando de conseguir apoyos para liberar los aranceles. Pero no la tiene fácil. Hace unas semanas el famoso presentador argentino Alejandro Fantino y un dirigente peronista (Guillermo Michel, abogado y ex funcionario del gobierno de Alberto Fernández) abordaron ese tema. A Fantino le parecía que los industriales habían abusado de la protección del Estado y se habían transformado en “cazadores en un zoológico”: ningún riesgo, negocio seguro. Su entrevistado le advirtió, sin embargo, que si esa industria desaparecía, Argentina se volvería como Chile.

– ¿Qué vas a hacer si de lo único que vives es de la exportación de productos primarios? Con esa visión hagamos un país solo para 20 millones y dejamos a los otros 27 millones fuera. Y hacemos un país como Chile: vivimos solo de productos primarios y no tenemos industria y la sociedad no se desarrolla – dijo Michel (ver entrevista a partir del minuto 39).

Fantino defiende muchas de las políticas de Milei. De hecho, fue uno de los primeros que llevó a este economista a la televisión. Pero aquí tomó distancia. Aludiendo a una importante inversión minera en una provincia, Fantino dijo que no le parecía suficiente que ese proyecto generara solamente empleos, sino que era importante que se hicieran cosas con el mineral extraído: “El tema es si nos quedamos absolutamente primarizados”, dijo.

Lo que está detrás de ese debate es la defensa de la movilidad social, como la han vivido en Argentina durante décadas. Un país que produce solo materias primas no necesita una gran cantidad de profesionales o de obreros especializados. Lo que requiere es sobre todo mucha mano de obra barata, una población que siempre está bajo la amenaza de “si no te gusta, hay 10 más como tú”. Por eso, con las materias primas se puede salir de la pobreza, como hizo Chile; pero el modelo se queda corto cuando la tarea es que la siguiente generación siga ascendiendo. La razón, diría Ben Ross Schneider (autor del Capitalismo Jerárquico), está en que los países primarizados no ofrecen suficientes empleos buenos y eso hace que lo que las familias invierten en mejorar la educación de sus hijos corra el riesgo de perderse.

Dado que la movilidad social es la forma en que el desarrollo del país se encarna en la historia de las familias, los diversos partidos políticos argentinos han concordado políticas públicas que hacen posible la movilidad, entre ellos proteger a la industria.

El sociólogo Eduardo Chávez Molina lo explica así:

-Las personas entienden que la movilidad social es parte de la promesa que les hace una sociedad abierta y democrática. Incluso diría que forma parte de un ideario liberal, en el sentido de que si somos iguales ante la ley, todos deberíamos tener oportunidades de ascender. Por supuesto, todos entendemos también que detrás de esa esperanza hay discriminación, hay color de piel, hay estatus universitario y un sinfín de mecanismos que impiden que ese planteo teórico se materialice. Por eso en Argentina esa movilidad ha estado siempre muy ligada a decisiones políticas estructurales que generan mecanismos y plataformas para que esa movilidad sea posible. Por ejemplo, la decisión de bajar los aranceles aduaneros o no; o la decisión de que se desarrolle un mercado y no otro; o la decisión de cuánto se va a apoyar a los jóvenes para que completen la educación superior. Este último tema es muy importante porque una familia tiene que planificar y sostener a un joven 25 años para que éste tenga un nivel educativo que le permita postular a buenos trabajos y pueda moverse hacia arriba. Los sectores populares o más marginados, que no tienen garantizada ni siquiera la alimentación, simplemente no puede pueden darle a sus hijos e hijas esos 25 años. Entonces ahí son necesarias políticas públicas que nivelen la cancha para que la movilidad sea posible. Y por eso, cuando el Estado deja de actuar como equilibrador, ocurre lo que tenemos hoy: 50% de pobreza. La razón la sabemos desde el siglo 19. Cuando hay relaciones sociales asimétricas, si el Estado no interviene, el pescado grande se come al chico. Hoy estamos en el reino del pescado grande, por eso no solo aumenta la pobreza sino también la desigualdad. Cuando pasan esas dos cosas juntas significa que las elites siguen acumulando riqueza mientras la clase media se empobrece.

TIMBA

En esta época de cambio, muchas almas conviven en Argentina. Chávez Molina, chileno-argentino formado en Buenos Aires, hace un buen recuento de ellas. Por una parte, dice, está el país que se acostumbró a que la prosperidad dependiera de la intervención del Estado y de los sindicatos en la puja por la redistribución: “Esa es la Argentina que aparece cuando te subes a un taxi, te encuentras con una calle cortada y el taxista dice, ‘no, lo que pasa es que todavía no cerró la paritaria’. Y lo que te está diciendo es que ahí, en la calle, hay un grupo que está peleando organizadamente el monto del aumento que les va a llegar”.

“Hoy el obrero industrial que consiguió que sus hijos llegaran a la universidad, ve que ellos ganan menos que él”.

Ese lenguaje de sindicatos, de piqueteros, de negociación política convive hace tiempo con una terminología financiera que aparece con sorprendente frecuencia en las conversaciones privadas y públicas. En los programas de análisis político, por ejemplo, hablan de las leliqs, de los bonos de deuda, del cepo cambiario y de la evolución de los varios tipos de dólares (oficial, dólar ahorro, dólar tarjeta, dólar blue, dólares financieros, del MEP, del CCL, etc.) “Argentina también es una timba financiera”, dice Chávez: “Yo mismo, si ustedes me preguntan dónde invertir, algo de información tengo. Los académicos que me visitan se sorprenden porque acá manejamos mucha terminología bursátil. Y eso es aún más fuerte entre los jóvenes que se han metido con los Bitcoin y las acciones bursátiles”.

Ese conocimiento financiero en parte se explica por la necesidad de protegerse de la inflación. En un país donde el trabajo no genera valor con la misma velocidad con que la inflación lo destruye, los más jóvenes buscan protección en la apuesta financiera donde se prometen ganancias que sí pueden pasarle a la inflación por arriba, cuando funcionan.

Chávez Molina empezó a estudiar la movilidad social desde mediado de los 2000 cuando Argentina vivió un fuerte despegue económico. El investigador vincula esa expansión con los 10 años en que gobernó Néstor Kirchner (2003 – 2007) y luego su esposa Cristina Fernández (2007-2015).

-Antes del kirchnerismo, en la década del 90, el gran tema de investigación fue la pobreza y particularmente el derrumbe de las clases medias que tuvo su peor momento en 2001. Pero a partir de 2004, empezó la recuperación y Argentina comenzó a crecer a “tasas chinas”. En los siguientes años mucha gente salió de la pobreza, se redujo la desigualdad y los ingresos aumentaron. Creció también el empleo formal, lo que fue una gran novedad porque durante décadas el único empleo que crecía era el informal. En ese contexto, reapareció un debate que no se tenía desde los 50s y que es cómo pensar el crecimiento.

“Lo interesante que ocurrió entonces fue el tipo de movilidad que se produjo. En la mente de las personas, la movilidad siempre está vinculada con el ascenso social, a pesar de que también es descenso. Esa idea de “ascenso” va acompañada de la idea de alcanzar un mayor bienestar, de que la vida mejore. Los economistas ven la movilidad como cambios en el ingreso, por lo que entienden que se asciende cuando se gana más dinero. La sociología considera, en cambio, que los ingresos son resultado de la forma en que las personas se insertan en la estructura ocupacional. Entonces, la movilidad social para nosotros tiene que ver con cambios en la posición que ocupan las personas en la clase social y en la estructura ocupacional y que eventualmente llevan a mejoras en la retribución.

“Lo que ocurrió durante el kirchnerismo fue que las personas no cambiaron de clase o de ocupación en forma importante. Pero sí cambió muy profundamente la retribución que obtuvieron. Es decir, empezaron a ganar mucho más, haciendo más o menos lo mismo. En Argentina el grupo que se benefició principalmente fue la clase trabajadora industrial y un poco menos los trabajadores de servicios. Esos fueron los grandes ganadores del modelo kirchnerista. La gente se podía comprar autos, casas, viajar a Europa, todo eso en un país que no tiene la cultura del endeudamiento. ¡Imagínate el poder adquisitivo que se tenía en ese momento!

– ¿Mencionas al kirchnerismo porque la movilidad social en ese periodo no fue solo resultado del crecimiento económico sino de políticas públicas?

-Sí. Lo que pasa es que en Argentina, a diferencia de Chile, las pujas redistributivas no las resuelve el mercado. Aquí funcionan los convenios colectivos y las paritarias, donde el sector empresarial, el sector sindical y el Estado se reúnen para dirimir el nivel de sueldos. Lo que constantemente hizo el kirchnerismo fue intervenir en esa puja a favor de los trabajadores formales, especialmente de los industriales. Eso fue muy importante para ese grupo, debido a la alta inflación crónica de Argentina. Sin esa intermediación, la inflación le habría ganado a los sueldos. Pero entre 2011 y 2014, cuando había una inflación de 20, 25% anual, se lograban aumentos de salarios bastante superiores. Luego, desde el gobierno de Mauricio Macri para acá (2015-2019), lo que ocurrió es que la inflación empezó a ganarle a los ingresos, pues Macri retiró al Estado de la puja distributiva y los trabajadores quedaron desprotegidos frente al poder de los empresarios. Esto ha llevado a la paradoja de que cada vez hay más pobres con empleos formales, es decir, personas que tienen contrato, pero cuyos sueldos han perdido gran parte de su valor.

“La educación superior sigue siendo un ascensor social, en parte porque la mayoría de la fuerza de trabajo no tiene ese nivel”.

– ¿Qué pasó con la movilidad que se había conseguido?

-Después del período “virtuoso”, es decir, desde la mitad del gobierno de Mauricio Macri para acá, en 2017, vino el período no virtuoso. A la caída del poder adquisitivo de los salarios se agregó una crisis macroeconómica generada por diversos factores, entre ellos políticas que facilitaron la especulación financiera y que terminaron haciendo que Argentina tomara una deuda descomunal. El problema fue que Macri eliminó la obligación que tenían los inversionistas extranjeros de permanecer en Argentina un tiempo antes de vender. Durante el kirchnerismo, se tenían que quedar dos años y con esto se evitaba la volatilidad de las inversiones. El macrismo rompió eso y como consecuencia tuvo un primer periodo de fuerte ingreso de dólares; pero cuando la economía empezó a tambalearse, a fines del 2017, los inversionistas se fueron y se generó una crisis financiera gigantesca que llevó a Macri pedir al Fondo Monetario 46.000 millones de dólares. Macri también debió renegociar con los chinos que habían sido prácticamente echados de Argentina en 2016.

“Una consecuencia de todo eso es que el obrero industrial que consiguió que sus hijos llegaran a la universidad, ve que ellos ganan menos que él. Entonces lo que tienes es un proceso de movilidad que mejora en términos de clase, porque las personas han seguido invirtiendo en educación, pero que empeora en términos de retribución. Espinoza y Kessler, en una investigación de 2003, llamaron a eso ‘movilidad social espuria’: las personas ascienden socialmente, pero no tienen la retribución esperada. Eso genera una crisis de expectativas que es socialmente compleja: se van alimentando frustraciones que pueden conducir a que aparezca un personaje como el que nos gobierna hoy, que dice cualquier barbaridad.»

– ¿Te parece que el estancamiento de la movilidad que ocurre con Macri y que siguió con Alberto Fernández (2019-2023), generó las condiciones para que llegara al poder alguien como Milei?

-No situaría la llegada de Milei a partir de un problema de movilidad, pero sí a partir de una crisis de expectativas. Pero para explicar eso hay que entender una particularidad argentina. Este país tiene una muy vasta industria que el Estado protege. La camisa que tengo puesta se hace acá; también la mesa en la que estoy sentado, el cubrecama, la pintura, etc. Es una industria variada, pero endógena, lo que quiere decir que está destinada al consumo local y tiene poca capacidad de exportar por su bajo nivel de tecnología. Aunque hay áreas que se escapan a eso, por ejemplo la fabricación de tuberías para el trasporte de petróleo y el gas; y la industria automotriz, pues Argentina es el gran exportador para América del Sur de autos estándar.  Este modelo endógeno tiene sus virtudes y sus desgracias. Por una parte, la industria tiene una enorme capacidad de generar empleo. Pero su desgracia es que este complejo industrial colapsa con el propio crecimiento económico.

– ¿Por qué?

-Porque a medida que aumenta el nivel de consumo de la población, esta requiere cada vez más tasas, más pulóveres, más mesas. Los fabricantes necesitan dólares para traer los insumos que no se producen en Argentina, pero como la industria no exporta, no tiene dólares. El sector que sí tiene dólares es la agroindustria, que vende soja, trigo, carne, etc. Sin embargo, ese sector genera poco empleo. La tensión entre estos dos actores lleva a una crisis continua porque el Estado debe intervenir para que los dólares lleguen a la industria. Recuerden que Argentina no tiene un “cobre” como Chile, que le da divisas al Estado. En Chile el 25%, 30% de las divisas te entran por CODELCO. Acá no hay nada de eso.

“Entonces lo que hay que entender es que cuando el Estado interviene para defender a la industria, inevitablemente tiene que limitar las expectativas de consumo y de acumulación que tienen las personas, porque necesita hacer que los productos importados entren a precios altos. Esos precios hacen que tengan éxito los shoppings que instalan los chilenos en los Andes o en Osorno: los argentinos se van para allá en auto y se compran hasta heladeras porque los precios son bajos.  Y son bajos porque Chile no produce nada de eso. Lo mismo pasa con los autos. En Argentina no ves los últimos modelos que entran a Chile, porque Argentina es uno de los 12 países del mundo que hace automóviles. Eso genera 130 mil trabajos directos, mientras que casi 1.000.000 de personas laburan en toda la industria metalmecánica en forma directa e indirecta. Ni Milei se atreve a levantar las barreras y dejar que entren los vehículos japoneses, chinos o de India porque pondría en riesgo muchos empleos.

“Ahora, esa defensa del empleo y de la industria limita las expectativas de los consumidores. Porque si un joven quiere un iPhone, o el último televisor, le va a salir carísimo. Lo va a tener que comprar con 50% – 70% de recargo porque Argentina produce otras marcas y licencias. Eso genera una tensión constante porque la gente dice, quiero más, me eduqué, crecí, pero el modelo no me permite tener lo último. Y ahí aparece esa idea bastante frágil de entender la libertad como libertad de consumo, y que pone en riesgo un modelo de desarrollo.»

EL FUTURO POLARIZADO

Chávez Molina destaca otra amenaza en el horizonte de la movilidad social y que ya se percibe tanto en Argentina como en Chile. Se trata de la polarización del empleo.

-Es un fenómeno mundial que consiste en que empiezan a aparecer sobre todo dos tipos de trabajos. Por una parte, empleos para una población altamente calificada, los cuales permiten acceder a ingresos altos y a elevados niveles de protección social; y, por otra parte, empleos de muy baja calificación, no protegidos y con bajos ingresos. El primer tipo de trabajos tiene beneficios que podemos asimilar con la idea del Estado de bienestar; los segundos tienen ingresos tan bajos que los trabajadores no pueden ni siquiera reproducirse.

-En ese contexto polarizado parece claro que no todos los trabajos permiten movilidad.

-No. Lo que está pasando en Argentina y me parece que también en Chile, es que la esperanza de movilidad sigue existiendo, pero solo para quienes consiguen una buena formación y además se insertan adecuadamente en buenos empleos. En ese sentido la educación superior sigue siendo un ascensor social, en parte porque la mayoría de la fuerza de trabajo no tiene educación superior. Probablemente eso va a seguir siendo así en la medida en que no toda la fuerza de trabajo se eduque. Pero ya hay signos de que eso se está transformando. Por ejemplo, hace unos años, para ser cajero en determinados supermercados te pedían secundaria completa: ahora piden tener estudios universitarios. Es posible que, en tres o cuatro años, te pidan tener el título.

“Hoy los que más sufren este proceso de polarización son quienes trabajan en servicios vinculados con el comercio. Una particularidad de la pobreza argentina hoy es que tres de cada cuatro trabajadores de comercio son pobres. Es decir, la gente que te vende medias o camisas en los locales, pero también los que te atienden en el restaurante o la hostelería, están bajo la línea de la pobreza. Sin embargo, los profesionales que trabajan en esos sectores, por ejemplo el que maneja el hotel, no son pobres. Ese empleado generalmente tiene mayor nivel educativo. Entonces el problema son los que no se educaron. En el pasado esas personas se podían incorporar a empleos que requerían fuerza física o solo poner un poco de atención; con eso se podía solventar una trayectoria laboral. Pero eso se está acabando. Esos trabajos están siendo reemplazados muy rápidamente por máquinas. Hace poco hablaba con la ex presidenta de la Fundación YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Argentina) y me contaba de un estudio que se hizo respecto del empleo en la extracción de petróleo. Tradicionalmente el pozo de petróleo lo hacía gente que no tenía la educación secundaria completa, que tenía que cavar y usar explosivos, etcétera. Eso cambió completamente en cinco años. Si antes un pozo requería 20 trabajadores sin educación superior, hoy da empleo a 10 trabajadores con educación superior que programan máquinas. Los 20 trabajadores que usaban su fuerza ya no son necesarios en la industria. Ahí tienes un impacto muy fuerte. Las perspectivas futuras son complejas en sectores como el agrícola donde hay estudios que indican que casi el 99% de la producción puede automatizarse.»

– En Chile parte de la movilidad social se sostuvo con endeudamiento. Para algunos investigadores, más que movilidad, lo que ha tenido Chile es un esfuerzo de las familias de mantener un estilo de vida a través del crédito; y esa estrategia se trizó con el COVID. ¿Qué relevancia tiene la deuda en el caso de Argentina?

-Hay un grado de endeudamiento creciente sobre todo en el sector formal. Pero hay que tener en cuenta un par de cosas. Por una parte, Argentina no es un país que tenga incorporada la cultura del endeudamiento. La crisis de 2001, por ejemplo, si algo enseñó a las personas es que había que desconfiar de los bancos y de las financieras. Ya antes, el 81, Argentina había tenido una crisis cuando la dictadura militar desreguló a las empresas financieras y muchas de ellas quebraron. En un sentido la guerra de Las Malvinas fue una salida de la dictadura militar para distraer la atención del desastre financiero. Entonces ese sector no ha podido ganarse la confianza de la población para que se endeude. Por otra parte, por el problema de la inflación, en Argentina, nadie paga en cuotas, como en Chile. Lo que la gente hace es “bicicletear”: pagar todo con la tarjeta y luego gastan el 60-70% de su sueldo para cubrir la tarjeta. Ahora, eso en los sectores populares no se ve tanto, porque no están bancarizados.

– ¿Y cómo sobreviene a la crisis sino se endeudan?

-Por una parte, a través de subsidio público y por otra a través de informalidad pura. Hoy hay transferencias de ingreso que Milei ha mantenido, pero esa política de asistencia está tan debilitada que ni siguiera saca a la población de la indigencia. Entonces mucha gente resuelve su vida acudiendo a mercados ilegales y a la informalidad pura. En Buenos Aires hay, por ejemplo, una feria gigantesca que se llama La Salada, por muy poco te puedes comprar de todo. Pero todo es falso. Trucho, le dicen acá.

Fuente: TerceraDosis.