Un artículo de Tyler Jagt, publicado el 1 de junio de 2026 en The Chronicle of Higher Education, “My Students Can’t Read“, ha causado cierto revuelo esta última semana y me gustaría comentar su fondo.

          Jagt afirma que la incapacidad de sus estudiantes de grado de leer un artículo de 20 páginas (él enseña Retórica) sugiere que hay “un colapso generacional mesurable en la lectura y escritura sostenidas, y la universidad está respondiendo con improvisación y agotamiento en lugar de la reforma estructural que requiere.” Le preocupa que estemos “admitiendo a un grupo de edad que no sabe leer a nivel universitario pero fingimos lo contrario.” Las universidades están “otorgando títulos a estudiantes que no pueden hacer lo que el título debería certificar”, una preocupación que muchos compartimos.

          Jagt destaca tres factores principales, respaldados por investigaciones científicas, que contribuyen a la disminución de las habilidades lectoras: la pérdida neurológica causada por el uso continuado de smartphones desde una edad temprana (10-11 años); la ‘deuda cognitiva’ o capacidad disminuida para leer y escribir provocada por el uso de IA generativa; y la introducción a nivel K-12 de EE. UU. de una metodología para la enseñanza de la lectura influenciada por el Common Core, que se basa en fragmentos desconectados en lugar de textos completos. Él insiste en que la democracia estadounidense está en riesgo porque “Los estudiantes que no pueden leer un artículo de 20 páginas hoy son los votantes que no podrán leer un proyecto de ley, o los jurados que no podrán seguir un alegato final mañana.” La alfabetización, dice, debe reconstruirse y la universidad tiene tanto la disposición como la obligación de hacerlo.

          Sin embargo, la idea de Jagt de que prohibir los smartphones y la IA generativa es urgente choca con la capacidad de los estudiantes para cortocircuitar cualquier restricción, como estamos aprendiendo hoy en día con la pesadilla que es controlar a los estudiantes que hacen trampas en las pruebas de acceso a las universidades españolas. Corregir los déficits de la educación secundaria significa corregir los déficits de la escuela primaria y, en última instancia, el desinterés de la sociedad en la alfabetización. Tal y como están las cosas ahora, las élites que gobiernan el mundo quieren ciudadanos dóciles, preferiblemente analfabetos, para manipularlos mejor. Foucault nos explicó hace ya muchas décadas cómo funciona esto. El futuro (inmediato) parece sombrío, especialmente porque esas élites no son ellas mismas especialmente inteligentes ni bien formadas. Son mayormente hombres psicópatas y estúpidos, pero listillos, una combinación horrible.

          Estoy mayormente de acuerdo con los argumentos de Jagt, pero me gustaría hacer de abogado del diablo para argumentar que no es el caso que los estudiantes no sepan leer, sino que no quieren leer. Quiero basar mi argumentación en mi experiencia de haber impartido este semestre la asignatura que he mencionado con frecuencia, ‘Prosa inglesa: autobiografía y memorias’, y en los comentarios que Jagt hace sobre el artículo de 20 páginas que sus estudiantes no pudieron leer.

          Empezaré con el artículo. No sé qué artículo exacto usó Jagt, pero explica que, dada su importancia para su asignatura, lo dividió en dos y ofreció una versión con notas explicativas a sus alumnos, invirtiendo así tiempo en habilidades que, según señala, deberían haberse aprendido en la escuela secundaria. En mi asignatura no he utilizado artículos académicos completos ni capítulos y mucho menos libros. En su lugar he utilizado una selección de pasajes de 26 fuentes secundarias, publicadas entre 1952 y 2025, que son esenciales para entender la autobiografía y las memorias. He utilizado esas fuentes para enseñar a mis estudiantes, además, cómo se desarrolla el conocimiento desde una tesis doctoral pionera hasta la creación del combo asociación-revista-congreso. También invité a dos amigas, Felicity Hand y Esther Pujolràs, que han coescrito un libro académico de primera sobre las autobiografías en la zona del Índico, para que los estudiantes disfrutaran de los frutos de la colaboración académica y de la amistad.

          Cuando preparaba mis mini-clases magistrales en mi despacho, los pasajes que seleccionaba me parecían razonablemente accesibles para estudiantes de tercer o cuarto año de grado. Sin embargo, cuando empecé a leerlos en voz alta, pude ver de inmediato que los estudiantes tenían dificultades para seguirlos, no solo porque sus habilidades lectoras puedan ser insuficientes sino porque la prosa académica se ha convertido en una especie de jerga antididáctica que solo se interesa en dirigirse a especialistas como yo. Comenté este problema en clase de vez en cuando, pero decidí seguir adelante y tratar a mis estudiantes como si fueran estudiantes de máster o doctorado. Por favor, tened en cuenta que no son hablantes nativos de inglés, y aun así nunca se quejaron de no poder seguirme.

          Los ensayos que han escrito los estudiantes, conectando cada libro que han leído con una de las fuentes secundarias que llevé a clase, me han dado una clara idea de lo que prefieren: les gusta la prosa académica asequible, comunicativa y didáctica. Jacques Derrida no interesó a nadie, pero les encantó Vivian Gornick, quien, por supuesto, no es académica sino una periodista y memorialista que ha escrito con mucha claridad sobre la autobiografía. Los estudiantes no pueden leer textos académicos con destreza, Jagt tiene razón, pero necesitamos hablar de por qué la prosa académica actual es tan aburrida, fea e ineficiente. Al negarse a leer el artículo que les dio, sus alumnos no solo decían ‘no puedo’, sino que también, muy probablemente, ‘me niego a leer este texto’. Por supuesto, la negativa a leer puede estar relacionada con la frustración generada por no entender dicho texto, pero confieso que no entiendo de qué trata gran parte la teoría literaria actual. Y desde luego no pertenezco al mismo grupo demográfico.

          Como me recordó un profesor jubilado de mi departamento, mi impresión de mi propio grupo de edad como estudiante es muy errónea porque que no todos en mi promoción de los 80 leían los libros que tocaba leer o los leían mal. La negativa a leer es consustancial a la resistencia de niños y jóvenes a recibir una educación, porque implicarse requiere un gran esfuerzo. Nunca hubo una época dorada en la que todos los estudiantes universitarios estuvieron perfectamente alfabetizados y podían leer textos complejos, y aunque los smartphones, la IA y las políticas educativas de bajos vuelos son grandes obstáculos en el camino hacia el progreso, la mayoría de la gente siempre ha sido es analfabeta funcional, si no directamente analfabeta.

          Si la democracia estadounidense corre el riesgo de morir, por cierto, no es por las nuevas condiciones que están moldeando a la generación más joven, sino por el analfabetismo político de generaciones muy mal educadas antes de que existiera internet. Un alto grado de alfabetización siempre es deseable, y es el objetivo al que yo misma y todos los demás profesores de Literatura dedicamos todos nuestros esfuerzos, pero la democracia política occidental nació cuando la mayoría de los votantes eran analfabetos. Nuestra principal preocupación no debe ser, así pues, la incapacidad para leer, sino la incapacidad de leer de modo crítico, aunque coincido con Jagt en que apenas se puede leer críticamente si no se sabe leer. No puedes correr si no sabes andar. Obvio.

          Diría, así pues, que Jagt no aborda adecuadamente la combinación de los dos factores clave que menciono: la incapacidad para leer (y escribir) y la reticencia a hacerlo para obtener una educación (que no es lo mismo que un título). Tengo un ejemplo claro de esto en mi propia enseñanza este curso. En el primer semestre, como he narrado aquí, impartí una asignatura troncal, ‘Literatura Inglesa Contemporánea’, por la que recibí críticas feroces en las encuestas de los estudiantes. En el segundo semestre he impartido, como se ha mencionado, una optativa de Literatura. La mayoría de los estudiantes de la optativa también estaban matriculados en la asignatura troncal, y hablar con ellos ha confirmado mi sospecha de que la crítica negativa vino de los estudiantes que prefieren Lengua y Lingüística.

          Estaban furiosos porque se les obligó a hacer otra asignatura obligatoria de Literatura cuando esperaban no tener que leer más (introdujimos ‘Contemporánea’ el curso pasado). Creedme cuando digo que el ambiente en clase no tuvo nada que ver con el ambiente de la asignatura optativa de este semestre. Todos los estudiantes de ‘Contemporánea’ aprobaron, incluidos los más reacios, pero sé que no leerán otro libro en su vida si pueden evitarlo. En cambio, los estudiantes de ‘Autobiografía y Memorias’, más inclinados a la lectura, se han sorprendido al descubrir otro género más que leer y disfrutar. Esa predisposición a leer y el hecho de que pudieran elegir sus libros (de entre una lista que proporcioné) ha elevado mucho los estándares, por eso pude enseñar teoría literaria avanzada como no me atreví a hacer en ‘Contemporánea’. Por cierto, ambos tipos de estudiantes obtendrán el mismo título, aunque sus habilidades lectoras sean diversas.

          Mi argumento, si me explico bien, es que, como profesores universitarios, no podemos enseñar a los estudiantes a leer y escribir a menos que quieran aprender, y el problema es que son muy reacios. Debemos abordar esa reticencia al mismo tiempo que consideramos el impacto de otros factores. La reticencia que menciono es lo que ha llevado a los estudiantes masivamente al frío abrazo de la IA. En cambio, en mi última asignatura, en la que los estudiantes han colaborado activamente con mi docencia, no he detectado ningún uso de IA. Todavía tengo que resolver el problema de cómo hacer que los estudiantes me miren a mí en vez de a sus portátiles mientras doy clase, pero esa es otra cuestión.

          Para mí, el error clave fue cometido cuando las escuelas primarias empezaron a retrasar el inicio de la enseñanza de la lectura hasta alrededor de los 7 años y dijeron a los padres que no debían enseñar a sus hijos a leer y escribir de forma independiente. Mi madre aprendió a leer cuando aún no tenía cuatro años de su padre, un humilde antiguo pastor que luego trabajó como portero en una estación de tren, y sigue leyendo sin parar. El colegio público de mi barrio, que no era ninguna maravilla, nos enseñó a leer a todos los niños y niñas a los cuatro años (en los 70). A esa edad, los niños siguen entendiendo la enseñanza de la lectura como un juego; a los siete ya es una tarea pesada, como he visto entre mis sobrinos y sobrinas. De cinco, solo dos de las chicas son lectoras, y porque se interesaron por la lectura siendo adolescentes, cuando empezaron a elegir sus propios libros. Los smartphones y la IA no impiden que los mejores estudiantes brillen, pero son veneno para el resto, que carece de una formación suficientemente sólida en habilidades básicas como la lectura. Así que ahí lo tienes: o los atrapas jóvenes, o corres el riesgo de no atraparlos nunca.

          En los peores días, lo que me deprime es la idea de que hemos tirado por la borda el proyecto de aumentar la alfabetización crítica por el bien de un montón de idiotas que pervirtieron el uso de internet. El smartphone y el portátil per se son solo herramientas para acceder a las redes sociales, que son nuestro peor enemigo. Si habláramos de la adicción infantil y juvenil a Wikipedia, no sería un problema en absoluto. El problema son los mediocres analfabetos que ganan fortunas como influencers o como tecnobros y el terrible mal ejemplo que dan, ya que destruyen el atractivo que debería tener la educación. Son ellos quienes enseñan a nuestros estudiantes que ya está bien ser analfabeto respecto a lo que les enseñamos. Para aumentar nuestra humillación como educadores, las empresas tecnológicas nos dicen que debemos formar a nuestros estudiantes para que estén ‘alfabetizados en IA’. No explican que, dado que la IA generativa aún no da beneficios, están desesperados por imponérnosla y así obligarnos a suscribirnos a servicios basados en haber robado todo el conocimiento mundial.

          Muchos estudiantes, en suma, no saben leer pero, lo más importante, no quieren leer por muchas razones, la mayoría muy negativas. Vamos a abordar esas razones y ver cómo podemos subsanarlas, ya desde la escuela primaria.